Contribución al 12° Seminario Communist International
El Partido Marxista-Leninista y el Frente Anti-Imperialista ante la Guerra
Bruselas, 2-4 de mayo, 2003

www.icsbrussels.org , ics[at]icsbrussels.org

Mesa de Refundación Comunista, Barcelona, España

Los comunistas españoles y la guerra. La internacional comunista, la URSS y la Guerra de España (1936-1939): aciertos y errores

I- INTRODUCCIÓN

Con este informe vamos a tratar de analizar brevemente el período revolucionario del Partido Comunista de España y su actitud ante la guerra y el fascismo, la ayuda internacionalista soviética a la República española y una evaluación rápida de las insuficiencias y errores del PCE y de la Internacional Comunista en la guerra de España.

El PCE nació en 1920 de una escisión del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), siguiendo la política aprobada por la Internacional Comunista de romper con los partidos reformistas y crear partidos comunistas en cada país. El PCE fue un partido con escasa influencia hasta la década de 1930, cuando nada más tenía unos 1.500 militantes. (1). Las causas eran que en España el anarcosindicalismo estaba muy extendido entre la clase obrera (el sindicato anarquista CNT contaba con más de un millón de militantes), además de cometer graves errores políticos de sectarismo y oportunismo. Por ejemplo, el hecho de no trabajar dentro de los sindicatos socialistas y anarquistas –el PCE llegó a formar sus propios sindicatos, muy minoritarios– le provocó al partido un aislamiento de las masas durante muchos años.

El PCE, debido que hasta los años treinta no fue un partido sólido y con gran influencia entre las masas, siempre estuvo muy influenciado por la presencia de dirigentes de la Internacional Comunista. También le marcó en lo organizativo el gran problema de las nacionalidades en España, principalmente en el País Vasco y Cataluña. En el primer caso, el PCE mantenía una estructura federativa y una buena implantación, mientras que en el segundo, prácticamente no hubo partido hasta julio de 1936, cuando se tuvo que recurrir a una fórmula original no contemplada hasta la fecha por la IC: la creación del Partido Socialista Unificado de Cataluña (PSUC), fruto de la unificación de varios pequeños partidos comunistas y socialistas. El PSUC se convirtió en la Sección Catalana de la III Internacional, con una relación de camaradería con PCE pero también de autonomía (por ejemplo, cada uno tenía sus propios delegados de la IC), y fue el partido hegemónico en Cataluña hasta el final de la dictadura fascista (1978). Fue la fórmula necesaria para poder implantarse entre las masas obreras de Cataluña –la región española con proletariado más numeroso– muy influenciadas por el nacionalismo pequeño–burgués y por el anarquismo.

Los primeros pasos: la lucha contra la guerra colonial.

El PCE realiza la primera movilización contra la guerra en 1922, con ocasión de la intervención del Ejército colonialista español en la guerra de Marruecos. Se produce una gran agitación de masas por parte de los anarcosindicalistas, socialistas y el PCE, principalmente a través de su Juventud Comunista. Como consecuencia de esta campaña, sufrieron la represión y la cárcel el Secretario General de la Juventud Comunista y otros miembros, por unos artículos contra la guerra aparecidos en la prensa de la Juventud. (2)

En 1923, y durante la dictadura militar del general Primo de Rivera (1923-1931), el PCE seguía contando con un escaso número de militantes y solamente tenía implantación en pocas provincias. El dirigente comunista Pérez Solís, convocó en Bilbao (País Vasco) una huelga general coincidiendo con la rebelión de las tropas vascas embarcadas en el puerto de Málaga rumbo a Marruecos, con la esperanza de que rápidamente se extendiera por todo el país. Al parecer esta iniciativa estaba relacionada con las resoluciones sobre el imperialismo y el colonialismo aprobadas en el IV Congreso de la Internacional Comunista. El Partido había conseguido infiltrarse en los regimientos militares de las provincias de Bilbao y San Sebastián, creando células comunistas entre los soldados. Se esperaba una insurrección militar aprovechando la huelga, pero la mayoría de los trabajadores de Bilbao no estaban afiliados a los sindicatos comunistas, por lo que el llamamiento del Partido tuvo escasa influencia y la huelga debió ser impuesta a punta de pistola por los escasos grupos comunistas, que llegaron a disparar a los obreros socialistas que no seguían la huelga. Estos hechos aventureros acabaron en un enfrentamiento armado con la policía, que mató e hirió a varios comunistas. Mientras tanto, en el puerto de Málaga, unos 50 soldados siguieron las consignas comunistas y se sublevaron, mataron a un sargento y se negaron a embarcar. Los rebeldes fueron sometidos y su dirigente juzgado y condenado a muerte. Pero la represión desencadenó un amplio movimiento popular en todo el país, que evitó la ejecución y el compromiso del gobierno de la dictadura de no enviar más tropas a Marruecos. Como anécdota hay que decir que el dirigente comunista Pérez Solís, se convirtió al catolicismo y se puso al lado del fascismo durante la guerra civil. (3)

II. LA GUERRA ANTIFASCISTA ESPAÑOLA (1936-1939)

Antecedentes: la lucha dentro del Ejército y el Frente Antifascista.

En 1931 la dictadura estaba en bancarrota y se vio obligada a convocar unas elecciones que fueron ganadas por los partidos republicanos burgueses y los partidos obreros. La monarquía, que había sido salvada por la dictadura militar, optó por el exilio, y ante masivas manifestaciones populares en todas las ciudades se proclamó la II República el 14 de abril de 1931. El PCE, que seguía una vía sectaria y alejada de la realidad, desarrolló una campaña contra la naciente República, lo que le ocasionó el rechazo de las masas y un aislamiento aún mayor.

El primer gobierno republicano (1931-1933), representaba a la pequeña y mediana burguesía republicana y fue muy moderado. Ni siquiera desarrolló unas tímidas reformas que llevaran adelante la revolución democrático–burguesa, todavía pendiente en una España que en su mayor parte aún era feudal: gran poder de las castas terratenientes, débil desarrollo capitalista excepto en algunos núcleos, caciquismo, analfabetismo, pobreza extrema en el campo, atraso tecnológico en la industria, riquezas mineras en poder de corporaciones extranjeras, gran influencia de la iglesia y del ejército en la sociedad y el Estado, y agudas reivindicaciones nacionales por resolver.

En 1932 se produce la sublevación del general Sanjurjo y la guarnición militar de Sevilla, anuncio de la sublevación del general fascista Franco en 1936. Aunque el movimiento obrero estaba dividido, las fuerzas reaccionarias eran débiles y también estaban divididas, de manera que no pudieron llevar adelante el contragolpe reaccionario que debía desembocar en una nueva dictadura militar. La sublevación fue derrotada en Sevilla por un movimiento de masas dirigido por un destacado dirigente sindicalista, el comunista José Díaz.

En 1932, la Internacional Comunista promovió nuevos cuadros obreros al Comité Central, como José Díaz, Vicente Uribe, Dolores Ibárruri y otros, que formaron parte de la máxima dirección del Partido. José Díaz –secretario general hasta su muerte de una grave enfermedad exiliado en 1942 en la URSS– fue un auténtico dirigente leninista y una excepción en una dirección del Partido que siempre fue muy débil a nivel ideológico y político. A partir de entonces, el PCE dio un salto cualitativo enorme, impulsando una política en grandes líneas acertada, que le posibilitó ser durante la guerra civil el partido mayoritario, núcleo fundamental de la resistencia antifascista tanto en el frente como en la retaguardia, tanto en lo militar como en lo político, aunque también sus errores y la actitud de ciertos dirigentes contribuyeron a la derrota.

En 1933 las derechas derribaron al gobierno republicano–socialista, muy desprestigiado entre la clase obrera y los campesinos, por su moderación y por algunos sucesos represivos. Las elecciones convocadas fueron ganadas por las derechas, gracias a la abstención de una gran masa de obreros promovida por las organizaciones anarquistas (CNT-FAI). En 1934, en Cataluña y Asturias se producen levantamientos revolucionarios. El primero fracasa en el primer día, al ser dirigido por fuerzas pequeño-burguesas nacionalistas vacilantes, pero el segundo, dirigido por socialistas, comunistas y anarquistas, consigue mantener durante quince días una feroz resistencia en lo que se conocerá como la Revolución Asturiana. El gobierno aplasta este movimiento enviando tropas coloniales de Marruecos mandadas por Franco, en un ensayo de lo que será la guerra civil. Se producen miles de muertos y 30.000 encarcelados por la represión y se teme una ofensiva reaccionaria que prepare un golpe militar.

En este contexto, el PCE se plantea desarrollar un fuerte trabajo dentro del Ejército, para ganarse a los militares progresistas, en un Ejército nacional de viejo tipo, es decir, un ejército de servicio militar obligatorio, y que, en el caso de España, estaba muy condicionado por su carácter de casta: había muchos generales respecto al número de combatientes, era un Ejército reaccionario y corrupto, colonialista –venía de participar recientemente en las guerras de Filipinas, Cuba y Marruecos–, y con una larga tradición de golpes y pronunciamientos, aunque era un Ejército anticuado y mal armado. La República se había convertido en una sombra amenazante para la casta militar, al planear una reforma, aunque tímida, del ejército.

El trabajo en el Ejército comienza seriamente cuando el camarada Enrique Líster –que sería uno de los jefes militares comunistas más destacados en la guerra– regresa de la URSS en 1935. Había sido enviado allí en 1932 para formarse, pero él participó en la construcción del Metro de Moscú como trabajador de choque, y en el último año combinó su trabajo con los estudios en la Escuela Leninista y una academia de preparación militar. Al regresar a España en 1935, la dirección del PCE, ante la amenaza golpista, le asigna la dirección de la lucha en el Ejército. Para ello Líster creó un grupo de trabajo que, junto con las organizaciones provinciales del PCE, desarrolló la agitación política en las guarniciones militares, clandestinamente, recogiendo información acerca de las intenciones de los militares y constituyendo comités de comunistas entre la tropa. El trabajo político incluía la edición de una revista mensual para los militares, Soldado Rojo, octavillas sobre problemas concretos de los cuarteles y denuncias de los mandos, sobre el peligro fascista, etc. Los soldados miembros del Partido se organizaban en células del Partido, los suboficiales comunistas en células propias y con algunos oficiales y jefes se mantenían contactos individuales. El objetivo era frenar la contrarrevolución en el mismo seno del Ejército apoyándose en militares progresistas y comunistas.

Paralelamente, se crea la Unión Militar Antifascista por parte de oficiales progresistas –con la que colaboran los comunistas en el Ejército–, como respuesta a la recién creada Unión Militar Española, formada por jefes y oficiales reaccionarios. Asimismo, Líster colabora en la campaña contra la ola de terrorismo desatada por pistoleros fascistas, ayudando a crear, junto con las juventudes socialistas y comunistas, las Milicias Antifascistas Obreras y Campesinas (MAOC). Según Líster «surgieron para proteger las manifestaciones, los mítines, etc., contra los ataques de grupos de pistoleros falangistas. Tenían un carácter de autodefensa; se instruían a la vista de todo el mundo, siendo sus instructores, en muchos casos, oficiales y suboficiales del Ejército. (...) Se trataba de una organización completamente legal y con una misión completamente de protección.» (4) Este ejemplo muestra la importancia del trabajo legal para la creación de una fuerza militar obrera, ya que las MAOC desempeñaron un importante papel en 1936, en los primeros y cruciales días de la guerra, en medio del caos y la anarquía. Por ejemplo, en Guipúzcoa, varios cientos de milicianos, mal armados –muchos solamente tenían escopetas de caza–, pero bien organizados y preparados, consiguieron detener la rápida acción de las columnas militares fascistas en su avance. (5)

El Frente Popular Antifascista.

A pesar de la brutal represión tras los sucesos revolucionarios de Asturias y Cataluña en 1934, se había extendido una oleada revolucionaria entre las masas y un espíritu de unidad. La influencia del fascismo era patente a todos los niveles del Estado, y las leyes reaccionarias se sucedían. En 1935, en el contexto de un avance mundial del fascismo, se celebró el VII Congreso de la IC., donde se planteó la creación del Frente Popular Antifascista, una alianza de partidos obreros con sectores burgueses democráticos para frenar al fascismo. El PCE, siguiendo esta línea, desarrolló una política unitaria que culminó con la alianza electoral del Frente Popular, con republicanos burgueses, socialistas, y nacionalistas catalanes de izquierdas. Así se llegó a la victoria electoral de febrero de 1936, aunque los socialistas y comunistas, que consiguieron representantes en las Cortes, decidieron no participar en el gobierno. Mientras tanto, la agitación de las masas crecía y se multiplicaban las huelgas y ocupaciones de fábricas y minas. El PCE trató de llevar una política favorable a las masas frente a las vacilaciones del gobierno burgués, que no deseaba ir más allá del mínimo programa electoral, aunque a veces el PCE se mostró pasivo frente a la actitud dilatoria del gobierno, por miedo a romper la unidad.

La presencia en las instituciones burguesas.

Aprovechando la presencia de comunistas en las Cortes, se utilizaron todos los medios para denunciar el peligro del fascismo en el Ejército. El PCE proponía insistentemente que el Ejército se depurase y se transformara. En palabras José Díaz: «nosotros queremos un Ejército del pueblo y para el pueblo. Queremos limpiar el Ejército de reaccionarios (...) y el Gobierno debe realizar esto, pues está dentro del pacto: depurar el Ejército de todos los mandos reaccionarios y hacer que estos mandos estén en manos de republicanos, de socialistas y comunistas, y que el Ejército español sea un verdadero Ejército del pueblo.» (6)

El trabajo entre las masas.

Además de participar en las instituciones burguesas, el PCE trabajó en el desarrollo de organizaciones de masas existentes, como las Alianzas Obreras y Campesinas, con el objetivo de lograr la unificación del proletariado. En ellas participaban socialistas, comunistas y anarquistas. El PCE apoyó la propuesta socialista de extender las Alianzas a las fábricas, los talleres, etc. También impulsó la movilización de las masas: «para poder prestar una ayuda efectiva a la realización del Pacto del Bloque Popular, las organizaciones proletarias deben movilizar a las grandes masas fuera del Parlamento en la lucha por conseguir sus reivindicaciones, en la lucha para hacer frente a los nuevos intentos de ofensiva de los fascistas. (...) La primera condición para afianzar las posiciones de la República democrática contra las fuerzas reaccionarias que la amenazan (...) es la lucha extraparlamentaria, la acción y la vigilancia extraparlamentarias de las masas populares. Otra de las condiciones consiste (...) en la organización de las mismas masas. Las masas deben actuar y manifestar su iniciativa organizadamente.» (7)

III. EL GOLPE DE ESTADO FASCISTA Y LA REACCIÓN DE LOS COMUNISTAS

Finalmente se produce el esperado golpe de Estado, iniciado en la colonia española de Marruecos, y que triunfa en algunas capitales y provincias. En otros lugares, es aplastado por la acción conjunta de obreros, campesinos, fuerzas militares leales y cuerpos de seguridad del Estado. Aunque algunos jefes militares se mantienen leales a la República, la mayoría del Ejército se subleva, sobretodo los oficiales. Pero al fracasar el golpe fascista, hay un equilibrio inicial de fuerzas. Los sublevados no fueron aplastados porque el gobierno no entregó armas a las organizaciones proletarias, que las pedían insistentemente, por temor a verse sobrepasado por las masas. Pero éste prefirió intentar parlamentar con los fascistas, con lo que la reacción triunfa en algunas capitales. Aquí afloró el error fundamental del PCE, no desarrollar una política integral contra el golpe y confiar plenamente en el gobierno republicano–burgués. Con el golpe militar se desmoronó todo el aparato estatal, y se crearon innumerables órganos y comités populares y territoriales, de partidos y sindicatos, atomizándose todo el poder. España era un país que tenía desde hacía 50 años una gran influencia de las ideas anarquistas, que en esta época se manifestaron contra la militarización, contra la disciplina en el frente y en la retaguardia, y allí donde tenían el poder, organizando cantones donde proclamaron el comunismo libertario, experimentando un sistema de colectivizaciones y enfrenándose a los órganos del Estado, aunque participaban en el Gobierno con ministros anarquistas. Hubo una gran desorganización en zonas de la retaguardia, que fue la causa principal de que no se pudieran movilizar todas las reservas y toda la producción hacia una economía de guerra en zonas muy importantes como Cataluña.

El Quinto Regimiento.

En la zona republicana el Gobierno disolvió el Ejército y cada partido o sindicato formó improvisadamente columnas de milicianos, compuestas por obreros, campesinos, soldados, etc., con escasa o nula capacidad militar, en general indisciplinados, y muy mal armados, impotentes para hacer frente al avance de la maquinaria militar fascista. Ante el avance fascista, que se acercaba rápidamente a Madrid, el PCE tomó una de las decisiones más acertadas de la guerra, al margen de las vacilaciones y conciliaciones del Gobierno burgués: la creación del V Regimiento de Milicias Populares. Nació de la experiencia de las MAOC y reflejaba el espíritu de unidad antifascista, ya que era una unidad militar formada fundamentalmente por comunistas y socialistas, aunque también se encontraban republicanos y otros antifascistas, así como militares profesionales progresistas que se habían mantenido leales. Se formaron en el V Regimiento unos 70.000 combatientes y fue el embrión y el modelo a seguir para la creación del Ejército Popular. Sus acciones llegaron a tener repercusiones mundiales, sobretodo en la legendaria defensa de Madrid. Contaba con su propia estructura (Estado Mayor, Escuela de Guerra, etc.) y posteriormente se integró en el nuevo Ejército como V Cuerpo del Ejército Popular, perdiendo por ello todo vínculo orgánico con el Partido. Si el PCE no hubiera tomado la decisión unilateral de crear esta unidad militar modelo, las columnas desorganizadas, indisciplinadas y mal armadas de combatientes republicanos hubieran sido barridas por la maquinaria militar fascista en pocos días y no hubiera habido posibilidad de resistencia.

El Ejército Popular.

El Ejército Popular se creó a partir de la fusión de las milicias de partidos, sindicatos, militares leales, etc., debido principalmente a la política impulsada por el PCE. Con ello se consiguió acabar con la indisciplina reinante y se puso a la República en condiciones de resistir durante dos años y medio el avance del fascismo, pese a carecer de armas y aviación y enfrentarse a la intervención de Hitler y Mussolini. Como contraste, durante la II guerra mundial, en la mayoría de los países europeos, hubo un rápido derrumbe de los ejércitos burgueses –mucho más poderosos que el Ejército Popular español– en sólo unos pocos meses. El Ejército Popular llegó a plantear batallas de gran envergadura, en lo que sería la primera batalla de la II Guerra Mundial.

II LA URSS Y EL INTERNACIONALISMO PROLETARIO HACIA EL PUEBLO ESPAÑOL.

Desde sus mismos inicios la guerra civil española suscitó una oleada mundial de simpatías hacia la República amenazada por el fascismo. Estas simpatías, no obstante, no eran compartidas por los gobiernos burgueses, quienes deseaban que la guerra finalizara con la victoria del fascista Franco, debido a que era una garantía para su política de estabilidad frente a Hitler, y debido a que quedaban garantizados sus intereses imperialistas en España, como las concesiones mineras para los ingleses, etc. En este sentido, se instauró un Comité de No Intervención por parte de algunos países con el objetivo de impedir la supuesta internacionalización del conflicto. Este Comité estuvo en todo momento controlado por las burguesías imperialistas de Inglaterra y Francia que no querían de ninguna manera el triunfo de la República. Los republicanos burgueses habían suplicado a sus amigos "demócratas" y socialistas europeos ayuda, evitando acudir a la URSS con quienes todavía no mantenían relaciones diplomáticas. Pero la ayuda solamente llegó del Este y en mucha menor medida, de México.

El internacionalismo soviético en el frente diplomático.

La posición correcta de la URSS fue reconocida por un ilustre testigo, que participó en la guerra y que no puede considerarse en nada pro–soviético. Se trata del representante de la Internacional Socialista en España, el italiano Pietro Nenni, para quien «la URSS quiso compartir con Londres y París las ventajas y desventajas de una política de ayuda a España. Si hubiesen seguido su ejemplo, el pueblo español habría ganado la guerra, y en 1939 Hitler no se habría encontrado en condiciones de desafiar al mundo entero.» (8) Se ha dicho muchas veces, tanto por los fascistas como por los anarquistas y los trosquistas, que el objetivo de Stalin era convertir a España en una colonia soviética y que realizaba "chantaje" utilizando la ayuda militar para sus propios fines de política exterior. La opinión de este dirigente socialista es muy diferente: «de una manera general, es un hecho que el plan ideológico sugerido por Moscú correspondía a los objetivos de una defensa republicana eficaz. Stalin no planteó jamás el problema en términos de intervención militar, sino al contrario, en términos de ayuda a las fuerzas populares españolas y al legítimo gobierno republicano.» (9)

La URSS se adhirió al Comité de No Intervención «de mala gana», subordinando su participación, según el representante soviético Litvinov, al fin del «apoyo dado por ciertos Estados a los rebeldes que se levantaron contra el gobierno legítimo español» en clara referencia a las acciones de Italia y Alemania. Cuando el gobierno soviético observó que el objetivo del Comité era simplemente impedir que la República pudiera defenderse, decidió romper rápidamente con esta política que favorecía a los fascistas y empezó a enviar ayuda a la República: «El gobierno soviético (..) no puede, en ningún caso, aceptar que algunos de los firmantes transformen el acuerdo de no-intervención, en un biombo destinado a encubrir la ayuda militar dada a los rebeldes contra el gobierno legítimo español. En consecuencia, el gobierno soviético se siente en la obligación de declarar que, si tales violaciones no cesan inmediatamente, se considerará libre de las obligaciones derivadas del acuerdo.» (10) La URSS continuó en este Comité para defender los intereses de España frente a la invasión del fascismo internacional. Y esta política coincidía con una política antifascista mundial dirigida por la URSS. Según Pietro Nenni «para el Kremlin, adherirse a la Sociedad de Naciones en el momento mismo en que el Tercer Reich la abandonaba, significaba trabajar en la formación de un amplio bloque de resistencia al imperialismo nazi.» (11) «Moscú (...) sabía también, que para Roma y Berlín, la victoria en España era una etapa hacia la hegemonía nazifascista en Europa.» (12)

La ayuda material y moral de los trabajadores soviéticos.

En la URSS se había desatado una gran campaña popular de solidaridad con el pueblo español, tanto en la prensa como entre los trabajadores y los intelectuales. El 5 de agosto, a menos de un mes de la sublevación fascista, los sindicatos soviéticos recogieron 12 millones de rublos mediante colectas hechas por obreros y enviaron esta cantidad al gobierno español. A finales de octubre ya tenían más de 47 millones de rublos, con los que compraron ropa y alimentos. (13) Estos envíos se mantuvieron durante toda la guerra. Posteriormente esta ayuda se complementó con la llegada a la URSS en diversos viajes de 2895 niños españoles. Aunque algunos regresaron voluntariamente tras la guerra, muchos permanecieron allá hasta su muerte. Fueron acogidos con privilegios y atenciones y disfrutaron de los mismos derechos que los ciudadanos soviéticos. Comparado con el durísimo porvenir que sufriría la infancia española, en la URSS muchos de ellos recibieron estudios universitarios y la gran mayoría se integró plenamente en la nueva sociedad. No es extraño, por lo tanto, encontrar numerosos testimonios recogidos donde se muestra la enorme gratitud de estos refugiados a los ciudadanos soviéticos y a su gobierno. (14) Tras la derrota, también fueron acogidos combatientes y militantes comunistas. En 1941, la inmensa mayoría quiso pagar con su esfuerzo el internacionalismo soviético hacia España, luchando desde el primer día en la guerra antifascista del pueblo soviético contra los invasores. Participaron en todos los frentes de guerra como Stalingrado, la victoria en Berlín, etc., y se encuadraron en todo tipo de cuerpos militares y civiles, incluyendo la lucha guerrillera y el NKVD. Algunos de ellos llegaron a ser jefes militares y muchos regaron con su sangre la libertad de su nueva patria. (15)

La ayuda militar soviética.

Aunque se siguen publicando "estudios" de académicos e ideólogos burgueses que denigran el esfuerzo hecho por la URSS en el suministro militar a la República –calificándolo de "caro", de "mala calidad", de "chatarra", etc.–, es imposible ocultar la realidad de la contribución soviética a la lucha antifascista, sin la cual la resistencia hubiera sido imposible.

El suministro empezó en octubre de 1936, coincidiendo con la firmeza soviética en el Comité de No intervención. Fueron enviados 1100 aviones, 1000 carros de combate, 30.000 ametralladoras, etc. (16) Líster desmiente las calumnias de los anticomunistas sobre la calidad del material enviado: «Después del fin de la guerra de España ingresé en la principal academia militar de la Unión Soviética (...) y estoy en condiciones de afirmar que a España nos enviaron lo mejor que tenían. Los fusiles eran los mismos con los que combatieron los soldados soviéticos al comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Las ametralladoras también y lo mismo la artillería. En cuanto a los tanques, eran del tipo que más abundaba en el Ejército soviético en el período de nuestra guerra, que más convenía a las condiciones de España, resultando muy superiores a los alemanes e italianos. (...) En cuanto a los aviones "Chatos" y "Moscas" era lo mejor que en aparatos de caza tenía la Unión Soviética en esa época y eran muy superiores en calidad a los del campo enemigo. El avión de bombardeo ligero "Katiuska" (...) era, asimismo, un buen avión en su tipo. Negar que el armamento que envió la URSS era de calidad superior al del enemigo es (...) una canallada. (...) Y por último, durante la guerra misma un grupo de ingenieros y especialistas soviéticos, con maquinaria y documentación técnica de la URSS, contribuyeron a la creación de la industria militar de la República. En Madrid, Barcelona, Sabadell, Sagunto, Murcia, Cartagena y algunos otros puntos, se producía al final de la guerra una cantidad bastante regular de material militar.» (17)

Otra crítica de la burguesía y los trosquistas es que después de los acuerdos de Munich en 1938, donde las burguesías imperialistas le dejaba a Hitler las manos libres en Checoslovaquia, Stalin habría traicionado a la República al no tener ningún interés para su política exterior. Pero en noviembre de 1938, cuando la situación militar era dificilísima, «Stalin prometió personalmente un gran envío de armas y aviones» que no pudo ser usado porque «retenido en Francia, este material estaba todavía en sus embalajes cuando los republicanos en retirada cruzaban los Pirineos.» (18) Además el gobierno soviético concedió un crédito de 85 millones de dólares que jamás fue devuelto. (19)

El problema no fue de calidad, sino que gran parte del material enviado no llegó jamás a la República, bien porque los franceses cerraron las fronteras terrestres, bien porque los italianos y los alemanes hundieron varios barcos soviéticos y apresaron mucho más. También llegaron unos 3.000 voluntarios militares, que actuaron como consejeros en el adiestramiento de los combatientes españoles: tanquistas, aviadores, etc. Y a la URSS viajaron combatientes españoles para formarse como aviadores militares principalmente.

Las brigadas internacionales: los "voluntarios de la libertad".

Como consecuencia de la intervención fascista, llegaron a España unos 35.000 voluntarios antifascistas, procedentes de 70 nacionalidades, en lo que se puede calificar como el movimiento internacionalista más importante jamás habido. Fue una extraordinaria aportación del proletariado mundial a la causa antifascista, que dejó una profunda huella en el pueblo español. La Internacional Comunista movilizó casi en su totalidad a los combatientes. Se organizaron en brigadas de alto valor combativo, empleadas normalmente en la primera línea de frente como tropas de choque, por lo que sufrieron un gran número de bajas, de ellas 10.000 muertos. Participaron en todos los frentes de lucha y en algunos, como la defensa de Madrid, fueron decisivas para vencer al enemigo. El Gobierno las disolvió a fines de 1938 para contentar al Comité de No Intervención, aunque solamente quedaban unos 12.000 combatientes.

IV. LOS ERRORES DE LOS COMUNISTAS EN LA GUERRA DE ESPAÑA

Es innegable que durante la guerra el PCE y el PSUC en Cataluña, fueron los núcleos más heroicos y más consecuentemente antifascistas, los que más sacrificios hicieron por la victoria. Pero es importante tratar de señalar las debilidades, errores y a veces la política oportunista que se desarrolló en el PCE. No existen demasiados estudios sobre ello, por lo que es difícil de hacer valoraciones sobre los errores del PCE.

El PCE analizó que la República se encontraba en la fase de la revolución democrático–burguesa frente a las fuerzas feudales, clericales y fascistas que se habían sublevado, y esta concepción no llegó a cambiarla durante toda la guerra. La estrategia elegida implicaba que ganar la guerra era la primera condición para comenzar la revolución –aunque José Díaz defendía posiciones más avanzadas, al pronunciarse por las nacionalizaciones y el control obrero–, ya que no se podían separar la guerra de la revolución como hacían los anarquistas y grupos pseudo–trosquistas como el POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista), pretendiendo imponer el comunismo libertario o la dictadura del proletariado. La estrategia del PCE se mostró como la más acertada para la resistencia y consiguió aglutinar gran parte de las fuerzas populares en la resistencia antifascista, incluyendo buena parte de obreros anarquistas. Pero los errores oportunistas de parte del PCE también fueron muy importantes para impedir la victoria.

Primero limitó el espíritu revolucionario surgido al defender casi exclusivamente las instituciones burguesas, que no reflejaban ya la situación de doble poder creada por la guerra y la revolución, aunque era urgente centralizar el poder y acabar con el caos. Así la burguesía recuperó poco a poco gran parte del Estado e impuso su concepción de la de la guerra. No se aprovecharon algunas buenas experiencias de poder proletario surgidas espontáneamente de las masas y que hubieran sido un contrapeso a la política vacilante y conciliadora de la burguesía. El PCE perdió la independencia en el Frente Popular y no supo hacer nada fuera de él. Así fue a remolque de la pequeña burguesía republicana por miedo a romper el Frente. Igualmente permitió las conciliaciones ante las burguesías imperialistas europeas, limitando el carácter revolucionario de la guerra y restringirla a una guerra por la independencia únicamente. (20)

En cuanto al aspecto militar, si bien hubo destacados dirigentes surgidos de la clase obrera y del Partido como Líster, Modesto, etc., que llegaron a ser jefes de importantes unidades militares, la dirección principal del Ejército Popular recayó siempre en militares profesionales. Algunos eran muy brillantes y competentes, como el general Rojo, pero no eran adecuados para desarrollar una guerra prolongada de carácter popular. Muchos se fueron volviendo derrotistas hacia el final de la guerra. Además, al conducir los militares burgueses el desarrollo de la guerra, se entró en un tipo de guerra que favoreció ampliamente al enemigo. Se impuso la visión de que la guerra sería corta y se cayó en la estrategia de grandes batallas de posiciones, que significaron un enorme desgaste en hombres y material del Ejército Popular. Asimismo se despreció la guerra de guerrillas, y tampoco el PCE hizo un gran esfuerzo por desarrollarlas, aun contando con excelentes condiciones militares, sociales y geográficas. En ninguna gran ofensiva la República consiguió jamás la superioridad estratégica ni cambiar el signo de la guerra, al contrario, salió militar y políticamente cada vez más debilitada. Si se hubiera preparado al pueblo y al Ejército para una guerra prolongada, hubiera sido mucho más difícil que se impusieran las tendencias capituladoras y finalmente, las golpistas. (21) Estas tesis se han visto reforzadas con un estudio reciente, que sostiene que la última gran ofensiva de la República, el paso del río Ebro, las mejores unidades, formadas por comunistas, se desangraron en tres meses de heroica resistencia, fortaleciendo las posiciones claudicantes: «(En) el Ejército del Ebro (...) resultaba evidente la preponderancia en los mandos de veteranos militantes comunistas forjados en el Quinto Regimiento y en la defensa de Madrid. Casi podría hablarse en propiedad de un ejército rojo, en contraste con otras unidades republicanas, sobre todo algunas de las emplazadas en la zona Centro–Sur, donde en los últimos tiempos se había apreciado una reducción de la influencia comunista.» (22) «Las sucesivas derrotas del Ebro y Cataluña significaron el declive del partido comunista, principal valedor (...) de la política de resistencia a ultranza.» (23) La experiencia de Líster también refuerza estas tesis: la deficiente ofensiva sobre Zaragoza en 1937 carece de sentido militar y consume todas las reservas, con el objetivo de «debilitar al máximo nuestras fuerzas para llegar lo antes posible a la capitulación frente al enemigo», (24) acusando de ello al futuro golpista coronel Casado y al ministro socialista Prieto, que siempre fue un derrotista y un feroz anticomunista. Este tipo de guerra y el desgaste y los sacrificios que suponía, consolidó un bloque capitulador que abarcaba amplios sectores del Frente Popular, anarquistas y militares profesionales, para pactar la paz con los fascistas y a cambio entregarle los comunistas. José Díaz criticó al Partido por no denunciar que el Frente Popular estaba siendo usado para actividades traidoras y por no movilizar a las masas cuando se produjo el golpe de Estado anticomunista en 1939, que solamente ofreció resistencia al golpe mediante núcleos aislados (25)

Otro de los aspectos criticados es el papel negativo del delegado de la IC Togliatti, a quien se acusa de fomentar una línea oportunista de derechas en el PCE que conducía a la capitulación «plegándose a la burguesía democrática», lo que le permitió a la misma «recuperar su hegemonía en la revolución democrática y frenar su desarrollo y dejó en sus manos la dirección de la lucha contra la reacción. (...) Por la misma razón, esa política condujo también al Partido a aislarse progresivamente de las masas.» (26)

Como consecuencia, el PCE no preparó la clandestinidad: «miles de mandos, de combatientes, de responsables políticos, sindicales y estatales de los más comprometidos, podrían haberse salvado de la muerte si en los primeros días de la derrota hubieran tenido donde esconderse, hubiesen tenido en ciudades y montañas un refugio y una base organizada de antemano para continuar la lucha.», debido a que «en una parte de los dirigentes del Partido hubo, desde los primeros días, una tendencia a la buena vida y, en la práctica, desconfianza en la victoria del pueblo, desconfianza que esos dirigentes encubrían con una actitud de fanfarronería diciendo que preocuparse de tomar medidas de organización ante la posibilidad de una derrota sería no creer en la victoria.» (27)

En cuanto a los voluntarios soviéticos, hubo errores en la actividad de algunos consejeros y agentes de seguridad, a pesar de las advertencias de Stalin, Molotov y Vorochilov cuando fueron enviados. En su famoso telegrama al gobierno español, los tres dirigentes recuerdan que «estos camaradas tienen la orden de servir a los dirigentes militares, a los cuales ustedes los hayan asociado. También les hemos hecho la advertencia categórica de no perder de vista el hecho de que, a pesar del sentido de solidaridad del que están animados los pueblos de España y de la URSS, un camarada soviético, siendo extranjero en España, no sería verdaderamente útil si no se atuviera a sus funciones de consejero, y de consejero únicamente.» (28) No obstante «los consejeros militares soviéticos no se atuvieron siempre a las órdenes que habían recibido, lo que creó a veces serias dificultades.» porque «no comprendían nada del país que los acogía» (29) Esta situación degeneró en traición cuando se produjo la detención y desaparición del dirigente trosquista del POUM Andreu Nin en 1937, según todos los indicios, en una operación del NKVD en España, cuyo dirigente máximo era el coronel Orlov. Al parecer, cuando fue llamado a Moscú para responder de sus actos, Orlov decidió huir a EE.UU., demostrando así que podría ser un contrarrevolucionario infiltrado en las filas de la seguridad del Estado. El suceso de Nin –que todavía despierta campañas anticomunistas en España–, solamente le reportó beneficios a Franco, que pudo acallar las críticas a sus crímenes, mientras que al gobierno de la República le costó una condena internacional y un mayor aislamiento diplomático, y, al mismo tiempo, el PCE quedó seriamente tocado en su imagen pública, al ser acusado del suceso.

Tras la derrota, la lucha guerrillera durante el franquismo fue abandonada por la participación en el gobierno de la República en el exilio, mostrando la influencia que el revisionismo había adquirido tras la muerte de José Díaz: «se prefirió que Carrillo pasase a ser ministro de un Gobierno que estaba en contra de la lucha guerrillera y de cualquier forma de lucha armada. Y la dirección del Partido, en vez de pedir a nuestros amigos que estaban en el poder en los diferentes países europeos su ayuda para reforzar la lucha, lo que les pidió fue que reconocieran al Gobierno. (...) Y la mayor parte de esos países lo hicieron, pero no la Unión Soviética, que estaba convencida de que eso no era más que una farsa.» (30)

Finalmente, hay que señalar que la derrota de la causa republicana, fue uno de los factores principales de la conversión del PCE en un partido revisionista: «La derrota en la que tales dirigentes tenían una seria responsabilidad les venía bien para sacudirse la disciplina del Partido. (...) Estoy plenamente convencido de que si en 1939 se hubiese hecho un verdadero análisis de la derrota que acabamos de sufrir, sus causas y las responsabilidades que nos incumbían, individual y colectivamente, muchos errores posteriores hubiesen podido ser evitados. Y, sobre todo, Carrillo no hubiese podido someter a su total dominio a estos dirigentes. Ésa es una de las explicaciones (...) de cómo Carrillo pudo llegar a ser el amo del PCE y llevarlo a su destrucción.» (31)

Y para finalizar, como homenaje al internacionalismo soviético en España, nada mejor que una frase del historiador francés Pierre Vilar, que sintetiza magníficamente en pocas palabras la gran repercusión mundial de la política antifascista de la URSS: «cuando Stalin decide intervenir, desencadena, simultáneamente en España y en el mundo, una identificación unánime, sincera, sin preocuparse de matices, entre la causa de la URSS, el antifascismo, la organización militar para la victoria, y una visión revolucionaria del futuro.» (32)

NOTAS

(1) Llorens Castillo, Carlos: Historia del Partido Comunista de España. Desde los orígenes (1920) hasta el período de su conversión al reformismo (1956-1982), p.70. Ediciones Romeu, Valencia 1982.

(2) Idem, pp.49-50.

(3) Idem, pp.65-66.

(4) Partido Comunista Obrero Español (F.J.C.E.): Enríque Lister 1907-1982, 75 años, una historia, una lucha, pp.19 y 20. Madrid, 1982.

(5) Ciutat de Miguel, Francisco: Relatos y reflexiones de la guerra de España 1936-1939, p.20. Forma Ediciones, Madrid, 1978.

(6) Díaz, José: Las maniobras de la reacción no lograrán romper el Bloque Popular. Discurso pronunciado en la sesión de Cortes celebrada el 15 de abril de 1936. Recopilado en: Tres años de lucha, p.179. Ediciones Ebro, París 1970.

(7) Díaz, José: Nuestro camino. Recopilado en: Tres años de lucha, p.201. Ediciones Ebro, París 1970.

(8) Nenni, Pietro: La guerra de España. Colección Ancho Mundo nº 14, p.79. Ediciones Era, S.A., México, 1964.

(9) Idem, p.44.

(10) Citado por Nenni, p.78.

(11) Idem, p.77.

(12) Idem, p.37.

(13) VV. AA.: La solidaridad de los pueblos con la República española, 1936-1939, p. 339. Editorial Progreso, Moscú, 1974.

(14) VV. AA.: Los niños españoles evacuados a la URSS (1937). Ediciones de la Torre, Madrid 1989.

(15) Arasa, Daniel: Los españoles de Stalin, pp.70 a 73. Editorial Distribuciones y Ediciones Vorágine. Barcelona, 1993.

(16) Vilar, Pierre: La guerra civil española, p.168. Editorial Crítica, Barcelona, 4ª edición, 1990.

(17) Líster, Enrique: Memorias de un luchador, pp. 97 a 99. Editado por el Partit Comunista Obrer de Catalunya. Barcelona, 1997.

(18) Vilar, Pierre: La guerra civil española, p.87. Editorial Crítica, Barcelona, 4ª edición, 1990.

(19) VV. AA.: La solidaridad de los pueblos con la República española, 1936-1939, p.337. Editorial Progreso, Moscú, 1974.

(20) PCE (m–l): La Guerra Nacional Revolucionaria del Pueblo Español contra el Fascismo, pp.36 a 63. Ediciones Vanguardia Obrera, sin fecha.

(21) Idem, pp. 73 a 92.

(22) Bahamonde Magro, A. y Cervera Gil, J.: Así terminó la Guerra de España, pp.44 y 45. Ed. Marcial Pons Ediciones de Historia S.A.

(23) Idem, p.52

(24) Líster, Enrique: Memorias de un luchador, p.176. Editado por el Partit Comunista Obrer de Catalunya. Barcelona, 1997.

(25) PCE (m–l): La Guerra Nacional Revolucionaria del Pueblo Español contra el Fascismo, p.91. Ediciones Vanguardia Obrera, sin fecha.

(26) Aproximación a la Historia del PCE. Cap. IV: El golpe casadista y el derrumbe de la República. Edición del PCE-r, sept. 1997. En: http://www.ucm.es/info/eurotheo/pc33.htm.

(27) Líster, Enrique: Así destruyó Carrillo el PCE, pp.20 y 22. Editorial Planeta, Barcelona, 1983.

(28) Telegrama de Stalin, Molotov y Vorochílov al gobierno de Largo Caballero. Citado en: Nenni, Pietro: La guerra de España. Colección Ancho Mundo nº 14, p.44. Ediciones Era, S.A., México, 1964.

(29) Nenni, Pietro: La guerra de España. Colección Ancho Mundo nº 14, pp.44 y 77. Ediciones Era, S.A., México, 1964.

(30) Líster, Enrique: Así destruyó Carrillo el PCE, p.38. Editorial Planeta, Barcelona, 1983.

(31) Idem, p.26.

(32) Vilar, Pierre: Estat, nació, socialisme. Estudis sobre el cas espanyol, pp. 206 y 207. Biblioteca de cultura catalana. Curial Edicions Catalanes, Barcelona 1981.

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