«Globalización», la gran mentira imperialista
(El proyecto globalizador en el escenario político argentino)
Partido Revolucionario de la Liberación, Argentina
Contribución al Seminario Comunista Internacional
"La revolución mundial bajo condiciones de globalización imperialista"
Bruselas, 2 - 4 de mayo 2000
1. ¿Por qué, ya nadie quiere oír hablar de globalización?
Una de dos; o ratificamos el punto de vista leninista, de que el imperialismo es la fase superior y última del capitalismo en la época de la revolución proletaria y el socialismo, desarrollada entre otros trabajo en el «Imperialismo, etapa superior del capitalismo», o nos rendimos ante el peso de la «evidencia» y le damos la razón a Kautsky, aceptando que, finalmente, vivimos la época donde la concurrencia monopólica cede paso al consenso y la paz, referidas en su ensayo sobre «El ultraimperialismo». Y es aquí donde resulta necesario instalar el debate, ya que una u otra posición implica consecuencias tan contrapuestas y disímiles como las perspectivas a ellas relacionadas.
En su época, Lenin señaló con toda elocuencia que la historia de las clases sociales atravesaba por dos momentos esenciales: el de la unidad y el de la lucha; el primero de carácter relativo y el segundo de carácter absoluto. En un escenario kautskyano, en cambio, de triunfante paz ultraimperialista, los enfrentamientos de clases no pueden tener otro signo que el de la marginalidad, ya que lo fundamental es, precisamente, el entendimiento impuesto por la voluntad y el arbitrio de quienes se reparten las ganancias.
Coincidente con el punto de vista kautskyano aparece el discurso de la globalización. Carl Parrini, entre otros, decreta sin más que las tesis de Lenin tuvieron un valor acotado al período comprendido por las dos grandes guerras mundiales, en tanto que el triunfo tardío de las ideas de Kautsky (*) evidenciado por el carácter subjetivo del desarrollo capitalista, se ha puesto de manifiesto por la tendencia al consenso a partir de la necesidad de los monopolios de negociar los excedentes. La firma de los acuerdos de Bretton Woods (1944), que dieran lugar al surgimiento y desarrollo de posguerra de diversos organismos internacionales tales como el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Internacional para la Reconstrucción y Fomento (BIRF) o el Acuerdo General de Tarifas y Comercio (GATT), es lo que este profesor reconoce como tendencia al consenso, para terminar llamando a esta suerte de fin de la historia como «posimperialismo» (1).
(*) A pesar del enorme esfuerzo hecho por Parrini para sostener la importancia de los organismos internacionales como aseguradores de supuestas reglas de juego fundamentales para el desenvolvimiento del capitalismo, dicho autor no puede dejar de reconocer que Kautsky esbozó sus puntos de vistas (antimarxistas) en 1914, precisamente antes de que estallara la primera gran guerra, con lo que se ve obligado a convertir al líder de la socialdemocracia alemana en una suerte de profeta cuyas tesis no habrían sido formuladas para el futuro inmediato sino para más de 80 años, es decir, para «la era del ultraimperialismo».
Sin embargo, al preguntar cuál es el peso de la evidencia empírica aportada por los mentores de la globalización que los exime de la responsabilidad de tener que rendir cuentas sobre un supuesto clima de confraternidad alcanzado en esta época «posimperialista», la respuesta es sencillamente ninguna.
El cuento de la «aldea global», de la existencia de condiciones igualitarias para el libre desplazamiento de las mercancías y los factores de la producción (el capital y el trabajo según David Ricardo), choca día a día ya no con las violentas manifestaciones de protesta anti-globalización, sino, y mucho antes, con las infranqueables barreras dispuestas por el imperialismo en las «fronteras de la civilización» (de EE.UU. con México, de la Italia de la Liga del Norte con la del empobrecido sur, de la España moderna con la España marroquí, de los barrios privados con las villas miserias, etc.).
Pero inclusive, el cuento de la alianza entre los ricos para gobernar a su antojo a los pobres, corre igual suerte. A diez años de la caída del bloque socialista, cuando el mundo unipolar aparecía también como mono hegemónico, la fisura abierta en el seno de las potencias imperialistas se hace cada día más evidente. La otrora aplanadora norteamericana, tras la cual se disciplinó el resto de las potencias para imponer el orden en Irak, es hoy una pesada maquinaria ganada por la fatiga, que lejos de contar con el incondicional apoyo político y militar de sus aliados, se enfrenta a estos en escenarios tan diversos como el Sudeste Asiático, Palestina, la ex Yugoslavia o Latinoamérica. Más aún, la guerra comercial y financiera se ha instalado crudamente en el seno de las propias naciones imperialistas, a punto tal que por debajo de las proclamas de libre comercio, fin de las barreras arancelarias y subsidios a las exportaciones agrícolas, lo que se evidencia es el emblocamiento del propio mercado interno y las áreas «naturales» de injerencia.
Latinoamérica es hoy por hoy un claro ejemplo en este sentido, dónde EE.UU. busca asegurar su dominio excluyente mediante la maniobra de pinzas del ALCA y el Plan Colombia, alentando para ello las fugas del Mercosur y la expulsión de las inversiones europeas.
Las razones de este posicionamiento beligerante, como han señalado Noelle Burgi y Philip Golub (2) son complejas, pero están guiadas por el denominador común del dominio imperial, particularmente norteamericano. Así, la recapitulación del proceso histórico reciente permite comprender esta actitud:
Primero, cabe citar el balance de las dos grandes guerras mundiales realizado por el propio imperialismo, donde aparecen aspectos coincidentes, tales como la disputa intermonopólica por los mercados y, a la vez, un claro saldo diferenciador: la primera guerra mostrando al incipiente Estado soviético jaqueado por la derrota cosechada por el zarismo y la crisis ulterior previa a la NEP, en tanto que la segunda guerra presenta al Estado soviético como claro vencedor, tras lo cual se produjo su salto a la categoría de segunda potencia mundial.
Segundo, el abroquelamiento de las potencias capitalistas (vencedoras y vencidas) detrás de los Estados Unidos, plasmando tal unidad en los acuerdos de Bretton Woods y luego en la alianza militar de la OTAN.
Tercero, en 1973, tras adquirir el estatuto de deudor neto (**) y luego de casi tres década de crecimiento y «Estado de bienestar», asistimos a la violación de los acuerdos de Bretton Woods por parte de los EE.UU., que implicaban una política monetaria de convertibilidad fija entre el dólar y el oro, para pasar a una política de convertibilidad flotante frente a las monedas de las otras potencias capitalistas.
Cuarto, con el dólar flotante como moneda de reserva mundial EE.UU. obliga a las potencias aliadas a sostener la valuación de su signo monetario, asegurando de esta manera la permanente exportación de la crisis monetaria a los socios en desgracia (***).
Quinto, entre los años 80 y 90 asistimos a la desreglamentación del capital financiero estadounidense, lo cual dio lugar a su globalización por la vía bancaria, los agentes financieros, los hedge founds (fondos de compensación) y los fondos de pensión de Wall Street, que precedieron el acceso a las reservas de los futuros «países emergentes».
Sexto, durante la era de Ronald Reagan, EE.UU. avanzó en su política imperialista mediante la liberalización financiera y la caída de las barreras aduaneras plasmada en el «consenso de Washington», las cuales fueron continuadas por George Bush (padre) mediante la «Iniciativa para las empresas en América» y por William Clinton, quien impuso al Japón la liberalización del sistema financiero, la revaluación del Yen en 1985 (Acuerdos del Plaza) y la crisis financiera que sacude a este país desde entonces.
Séptimo, EE.UU. diseña como parte de su despliegue en dirección a nuevos mercados en terrenos disputados, diez economías totalmente abiertas («emergentes») desde el Pacífico al Atlántico (entre ellas Argentina), las cuales terminaron en la segunda mitad de los ´90 sumergidas en la mayor de las dependencias y con sus economías en completas catástrofes, para las cuales la asistencia de los organismos internacionales reconocidos por Parrini como válidos resultaron ser un completo fracaso.
Octavo (y último), tras casi diez años de crecimiento ininterrumpido, hacia fines del 2001, EE.UU. inicia su odisea (3), con el quebranto de las empresas tecnológicas, las empresas de la economía tradicional y de cerca del 50% de la población en posesión de acciones devaluadas y a su vez endeudada con la banca local (****).
(**) El estatuto de deudor neto para los EE.UU., se establece por la diferencia entre las inversiones norteamericanas externas y las inversiones externas en los EE.UU., el cual arroja desde entonces (1973) un saldo negativo para la primera potencia capitalista mundial.
(***) Una de las razones más importantes por las cuales Japón y los países europeos adquirieron durante décadas los devaluados dólares norteamericanos, fue para evitar que las empresas locales adquirieran productos de alto valor agregado a los Estados Unidos a precios relativos más bajos.
(****) La magnitud de la crisis instalada en los EE.UU. no presenta registro comparativo en la historia, mostrando un pasivo neto para fines de 1999 de 1,5 trillones de dólares (el 20% del PBI), de ahí que no es de extrañar que el arranque del año 2001 mostrase ventas de acciones por u$s13.100 millones en la primera ronda de Wall Street (04-01-01); pérdidas del primer banco, el American Bank, por u$s6.500 millones en la rueda del 5 de enero; saldo negativo del índice Dow Jones (6,2%), Standard & Poor´s (10,1%), Nasdaq (39,4%); caída de las empresas tecnológicas como Crayfish (99%) o Internet Capital Group -cuya cotización había subido el 2.733% en 1999- (98%) y de la «vieja economía» como la automotriz (18%). Dicha situación no ha logrado ser contrarrestada, hasta ahora, con la reducción de la tasa de la Reserva Federal en 2 puntos porcentuales, en procura de alentar el consumo interno.
Por último, el cuento de la superación de los Estados nacionales por parte del mega Estado, como en el caso europeo, es otra muestra de esta mentira globalizadora. Como ha señalado Carlos M. Vilas (4), el número de Estados nacionales ha crecido de manera extraordinaria en los años recientes pasando, de acuerdo a la Organización de las Naciones Unidas, de 143 en 1991 a más de 200 en 2000, lo cual, si bien por un lado refleja la fragmantación acaecida tras la caída de la Unión Soviética y el bloque socialista de Europa Oriental, da cuenta, por el otro, que dicha fragmentación se corresponde con la necesidad del Estado nacional para acometer la restauración capitalista. Más aún, la reafirmación del Estado nacional como correlato político del desarrollo capitalista se corresponde con la necesidad objetiva de la realización de la ganancia dentro del mercado interno de acuerdo al punto de vista expresado originalmente por Marx (5), visto el desarrollo desigual de las distintas ramas y vista, también, la dificultad de las ramas más avanzadas para realizar sus ganancias en el mercado externo, donde el peso de las mercancías de alto valor agregado y de los productos primarios subsidiados que se generan en los países imperialistas imponen, cada vez más, la reafirmación y el resguardo del capitalismo dentro del Estado nacional. La resistencia a una zona de libre comercio desde Alaska a Tierra del Fuego (ALCA), por parte de muchos países, especialmente Brasil, se desprende de la evidente desventaja competitiva de las economías latinoamericanas, respecto de los EE.UU., quien a su vez está lanzado a imponer sus reglas de juego para dar respiro a su mercado interno, dentro de su propio Estado nacional.
De esta manera, como sostiene Lenin (6), queda claro que en uno y otro caso, la importancia del mercado externo se desprende del mercado interno, el cual se sostiene, a su vez, gracias al Estado nacional.
De igual modo, la Unión Europea (UE) se levanta como una sociedad anónima de los Estados nacionales miembros para hacer frente en condiciones menos desventajosas a los EE.UU.-SA. Sin embargo, esto no debe hacer perder de vista que la UE es el resultado del proyecto hegemónico del Estado alemán y en menor medida del Estado francés, por lo que las condiciones de libre comercio impuestas a los socios menores son coincidentes, aunque no idénticas, a las del ALCA, tal como ha quedado expresado en la reciente reunión de Presidentes de la UE.
Así, en un clima de evidente descomposición y rapiña del sistema capitalista a escala mundial quién quiere oír hablar de globalización.
2. Argentina, el hijo bobo del proyecto globalizador.
En el caso argentino el proyecto globalizador desarrollado a lo largo de la década del ´90, durante los dos gobiernos de Carlos Menem, se ha correspondido con una política pro monopólica y de «relaciones carnales» con los EE.UU., la cual es mantenida por el actual Presidente De la Rúa. Dicho proyecto, de subordinación incondicional a los dictados norteamericanos, fue posible gracias a la conformación de carteles privatizadores de las ex empresa públicas, conformados por la banca acreedora externa y diversas empresas monopólicas transnacionales y locales, durante el período de «emergencia de la Argentina». Esta armonía de los monopolios plasmada en la fundación del «Grupo de los 8», que reunía al gran capital monopólico del agro, la industria, el comercio y la banca tanto local como extranjera, se mantuvo sin mayores conflictos hasta mediados de los `90.
Entre 1995 y 1998, con el inicio del estancamiento de las ganancias y la evidente imposibilidad de poner en movimiento la enorme masa de fuerzas productivas existentes en el país, que involucionaron por imposición del imperialismo hacia una reprimarización de la economía, reasignando a la Argentina el viejo rol de país extractivo y agro exportador (*****), los grupos monopólicos de origen local convirtieron sus activos en dólares los cuales fueron depositados fuera del país, hasta alcanzar una cifra actual cercana a los u$s150 mil millones. Dicho sector ligado al agro y la industria (auto denominado «Grupo Productivo»), presiona, desde entonces, por una devaluación del peso cristalizado mediante una convertibilidad fija del plan Cavallo, de uno a uno respecto al dólar, para repartriar sus capitales y de esta forma obtener una ganancia directamente proporcional al monto de la devaluación que se consiga (en la práctica dicho sector reclama una devaluación de entre el 30 y 50%). Por otra parte, el sector dominante, constituido por las empresas transnacionales y la banca extranjera, ligado desde las privatizaciones de las ex empresa públicas al mercado interno, presiona no sólo por mantener inamovible la paridad cambiaria que asegure el valor de sus remesas a las casas matrices, sino por dolarizar la moneda en sintonía con el proyecto dolarizador de los EE.UU. que hoy se aplica en Ecuador y El Salvador y que avanza sobre Costa Rica y Perú.
De esta manera, agobiada por una deuda externa de u$s128.000 millones (60% del PBI), cuyos intereses a pagar durante el año 2001 ascienden a u$s18.500 millones (el 37% del gasto público), con una recesión ininterrumpida de 34 meses, una tasa de desempleo y subempleo superior al 30%, la Argentina enfrenta la mayor de las dependencias y la peor de las crisis de su historia.
Si a esto se suma la inestabilidad institucional, salpicada por toda clase de escándalos de corrupción, la profunda división en el seno de las clases dominantes, agravada por las recientes medidas del refritado Ministro de Economía, Domingo Cavallo, quien acaba de salir de la convertibilidad para aplicar una devaluación encubierta de alrededor del 8% mediante una nueva paridad del peso con una moneda virtual resultante del promedio entre el dólar y el euro, el incremento del riesgo país a valores récord superiores a los 1500 puntos, etc., se advierte claramente cuál es el alcance de la globalización en este país, que hoy por hoy no arranca ni para atrás, ni para adelante. Y del mismo modo en que las tesis kautskyanas han demostrado ser un fiasco, en la medida que el clima de choque de intereses y beligerancia interimperialista se incrementa día a día, en la Argentina el proceso de lucha de clases sigue el mismo camino, dando como resultado una profunda división y choque en las alturas, y un ascenso de las masas a la escena política, con un promedio de dos cortes de rutas diarios y un sinnúmero de estallidos sociales a lo largo de esta década de pretendida «globalización».
Sin embargo, el atraso subjetivo, puesto de manifiesto en el escaso desarrollo de las fuerzas revolucionarias sigue siendo el principal problema a resolver. Dicho fenómeno se corresponde en la práctica con la agonía de las políticas neoliberales de los gobiernos de turno y con el surgimiento de posiciones populistas y nacionalistas que coinciden en un programa de «alternativa nacional a la globalización», el cual, haciendo caso omiso al proceso de destrucción de las fuerzas productivas por las que atraviesa el país, se traduce, por un lado, como un intento por refundar las bases capitalistas de la «independencia económica», «soberanía política» y «justicia social» del peronismo del año 1945 y, por el otro, por una contraposición entre «Estado de bienestar» y «Estado del capitalismo salvaje».
(*****) De acuerdo al Censo económico nacional publicado por última vez en 1994 (durante el momento de mayor crecimiento del PBI -alrededor del 12% anual), entre 1970 y 1993, el número de empresas industriales había pasado de 127 mil a 102 mil, al tiempo que el Producto Bruto Industrial había pasado de representar el 25% del PBI al 12,5% del mismo.
De esta manera, está surgiendo con fuerza, al igual que en otras geografías, una tendencia de la izquierda revisionista proclive a una tercera vía y/o a la restauración del «Estado de bienestar», tal como lo sostiene Ellen Wood (7) y, junto a ella, una tendencia al populismo, con planteos similares.
Si bien, por el sentido electoral del proyecto reformista, el peso de estas ideas es mínimo entre la clase trabajadora y demás sectores populares, lo cual despeja el terreno de la lucha de calles de la disputa con el reformismo y crea condiciones excepcionales para el avance de la revolución, no resulta, por el contrario, despreciable el impacto de las ideas populistas y revisionistas en el seno de la intelectualidad progresista. Por dicho motivo, tal como lo ha señalado James Petras (8), el combate contra las ideas populistas y revisionistas en torno al problema de la globalización en el seno del progresismo y la intelectualidad de izquierda no debe ser descuidado.
Como se señaló al principio, la adopción de una u otra posición implica consecuencias contrapuestas y disímiles, de ahí la necesidad de la lucha sin concesiones contra el oportunismo podríamos decir «kautskyano», ya que las perspectivas a ellas relacionadas harán que nos preparemos para aceptar el «inevitable designio de la globalización» o para desenmascarar y enfrentar este proyecto imperialista que a todas luces empuja en dirección al sometimiento de los pueblos, el genocidio y la guerra.
3. Citas.
(1) Parrini C. La era del ultraimperialismo. Radical history Nº 57, 1993.
(2) Burgi N y Golub PS. El Estado sigue siendo la clave del poder (El mito del «posnacional»). Le Monde Diplomatique, el Dipló, Nº 20: 12-14, 2001.
(3) Bilbao L. La tenaza de Washington (Dolarización y Plan Colombia). Le Monde Diplomatique, el Dipló, Nº 20: 6-7, 2001.
(4) Vilas CM. Estado, mercado y globalización. Taller, Vol 5, Nº12: 9-38, Abril de 2000.
(5) Marx C. El Capital, T. II: 275, Ed Cartago, Bs.As., 1957.
(6) Lenin VI. El desarrollo del capitalismo en Rusia (Errores teóricos de los economistas populistas), Obras Completas, T III: 27-63, Ed Cartago, Bs.As., 1969.
(7) Wood EM. Globalización, posmodernidad y otras nuevas eras (Los intelectuales de izquierdas y las habituales obsesiones con los cambios de época). Periferias Nº 6: 5-12, Bs.As., 1999.
(8) Petras J. Globaloney (globalización de la tontería), Herramienta Ed., Bs.As., 2000.
Argentina, 27 abril de 2001
Contribución al Seminario Comunista Internacional
"La revolución mundial bajo condiciones de globalización imperialista"
Bruselas, 2 - 4 de mayo 2000