Contribución para el 8. Seminario Comunista Internacional de Bruselas, 2-4 de mayo 1999
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La agresion militar del Reino Unido y la Otan en Malvinas en 1982
Sergio Ortiz, Partido de la Liberación (PL) de la Argentina
1.- La primera agresión británica, en 1833
Las islas Malvinas fueron avistadas y recorridas por marinos holandeses, ingleses y franceses, hasta que éstos últimos admitieron la soberanía de España. Ya en ese tiempo el Reino Unido ambicionaba el control del archipiélago porque, como afirmó en 1766 el primer Lord del Almirantazgo, Lord Egmont, "las Malvinas son la llave de todo el Pacífico". Así valoraba su control de la boca del estrecho de Magallanes, que conecta los dos océanos.
Luego de estar bajo soberanía española, entre 1820 y 1829 las islas -como el resto del virreinato del Río de la Plata- comenzaron a integrarse a la flamante Nación Argentina. El 10 de junio de ese último año el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Martín Rodríguez, estableció que "las islas Malvinas y las adyacentes al cabo de Hornos en el océano Atlántico serán gobernadas por un comandante político y militar, nombrado inmediatamente por el gobierno de la República". El designado fue Luis Vernet, quien se estableció en Puerto Soledad.
Los primeros conflictos se suscitaron con goletas loberas de bandera estadounidense, lo que llevó a la corbeta de guerra yanqui Lexington y su capitán Silas Duncan a tomar ese puerto y desembarcar con la infantería de marina. Después de robar e incendiar, la Lexington se retiró, dejando el camino expedito para la siguiente agresión, esta vez de matriz británica.
En enero de 1833 llegó la fragata inglesa de guerra Clío, a cargo del capitán John Onslow, quien arrió la bandera argentina y ocupó la plaza alegando órdenes del Almirantazgo de "su majestad". Quiere decir que ya en los orígenes del conflicto, Washington y Londres se coludían en contra de los intereses argentinos en el Atlántico Sur.
Desde entonces Argentina ha reclamado al Reino Unido la devolución de las Malvinas, infructuosamente.
Finalizada la Segunda Guerra Mundial y comenzado el llamado proceso de descolonización, hubo un mejor ambiente internacional para los reclamos argentinos. En 1960 la Asamblea General de la ONU votó la resolución n° 1514 sobre "la concesión de la independencia a los países y pueblos coloniales", incluyendo a Malvinas en la nómina. Profundizando esta tendencia, en 1965 ese mismo órgano votó la resolución n° 2065, reiterando el "anhelado propósito de poner fin al colonialismo en todas partes y en todas sus formas, en una de las cuales se encuadra el caso de las islas Malvinas". La Asamblea General pidió a los gobiernos de Argentina y el Reino Unido que solucionaran el diferendo mediante la prosecución "sin demora de las negociaciones recomendadas por el Comité Especial encargado de examinar la situación" de los países y pueblos coloniales.
El Reino Unido no votó en contra de estas resoluciones. Simplemente se abstuvo. En los hechos saboteó toda negociación luego que el partido conservador y los kelpers frustraran en 1968 un intento del premier laborista Harold Wilson de negociar la devolución del archipiélago luego de un período de diez años.
También había existido un intento anterior, de 1940, consignado en un documento archivado como secreto por el Foreing Office hasta el 2015, citado por Arthur Gavshon y Desmond Rice en "El hundimiento del Belgrano", página 253. Fuera de ambos sucesos -de 1940 y 1968- las sucesivas administraciones británicas, tanto conservadoras como laboristas, más el lobby de los kelpers y especialmente del Almirantazgo, se negaron a negociar con Argentina y reintegrar las islas.
Las Malvinas están conformadas por numerosas islas e islotes, de las cuales las más importantes son la Soledad, al este, y la Gran Malvina, al oeste, separadas por el estrecho de San Carlos. En total tienen una superficie de 12.000 kilómetros cuadrados; están ubicadas a 600 kilómetros de Tierra del Fuego y a 14.000 km de Gran Bretaña. No poseen grandes riquezas, fuera del ganado ovino, la pesca en zonas circundantes, reservas mineras en el lecho del mar y, eventualmente petróleo. Aunque el Informe Shackleton en los ´70 abrió expectativas de que existían reservas petroleras mar adentro, en el banco de Burdwood, las últimas exploraciones no confirmarían esos pronósticos.
Más allá de esos valores económicos, las Malvinas han tenido importancia estratégico-militar para la potencia colonialista que las ocupa. Nuestras islas del Atlántico Sur componen una especie de triángulo, junto a la isla Ascensión en el Atlántico y la de Diego García, al sur de la India, útiles para la logística británica en operaciones distantes y expediciones marítimas.
Desde el punto de vista argentino, la significación de Malvinas es ante todo política: la necesidad de reintegrar al territorio nacional una parte usurpada por el colonialismo desde 1833. Algo similar al sentimiento del pueblo chino para la recuperación de Hong Kong, materializada recién en julio de 1997.
2.- La segunda agresión británica, en 1982
Basados en ese difundido sentimiento anticolonialista entre las masas populares, la dictadura militar del general Leopoldo Galtieri, el almirante Isacc Anaya y el brigadier Basilio Lami Dozo, ordenó la recuperación militar de Malvinas el 2 de abril de 1982. La medida contó con el beneplácito del 99 por ciento de la población, a la que los militares ocultaron el sentido más profundo de su desembarco: buscaban la perpetuación de la dictadura con el prestigio de haber recuperado un trozo de país tras 149 años de ocupación británica.
Más allá de esas intenciones, el dato objetivo es que se había puesto a la orden del día como contradicción fundamental la que opone a la Nación, integrante del Tercer Mundo, con el imperialismo anglo-norteamericano. En el periódico a bordo del HMS Hermes se escribió, mientras navegaba hacia las islas en son de revancha: "esperamos que toda otra Nación de morondanga que intente torcer la cola del viejo león estará atenta a los eventos que ojalá estén por ocurrirle a esta dictadura (argentina) particularmente deleznable".
El conocido escritor Ernesto Sábato, de cuyas posiciones políticas democrático-burguesas nos separa un océano, en cambio planteó bien por entonces: "Esto no es una lucha de una democracia contra una dictadura militar; es la lucha de un imperio contra un pueblo entero".
Los países de Asia, Africa y América Latina expresaron su solidaridad con Argentina, destacándose en particular los ofrecimientos de ayuda de Perú, Venezuela, México, Nicaragüa y Cuba. El Movimiento de Países No Alineados también brindó su apoyo a la recuperación, durante su reunión de cancilleres realizada el 2/6/82 en La Habana, Cuba, y que contó con una destacada intervención del presidente anfitrión, Fidel Castro.
El gobierno conservador de Margaret Thatcher tomó dos medidas simultáneas: pedir a Ronald Reagan que presionara a Galtieri a abandonar las islas mediante los oficios del general Alexander Haig (secretario de Estado) y enviar de inmediato una poderosa fuerza de tareas para reapoderarse de aquéllas.
La flota zarpó de Portsmouth al mando del almirante John Woodward, en el buque insignia HMS Hermes, con el general Jeremy Moore a cargo de los ejércitos de tierra. Woodward dependía del comandante en jefe de la flota, almirante John Fieldhouse, cuyo comando estaba en Northwood (Londres). Otros barcos y unidades se sumaron desde Gibraltar y la isla de Ascención, hasta superar en total las 110, incluyendo los de apoyo logístico y transporte, con unos 25.000 efectivos.
Luego de fracasar la "mediación" de Haig y la del secretario general de la ONU Javier Pérez de Cuéllar, entre el 1 y el 6 de mayo de 1982 hubo una última gestión de paz a cargo del presidente peruano Fernando Belaúnde Terry. Esta misión fue torpedeada por la premier británica con un crimen de guerra: el 2 de mayo ordenó el hundimiento del crucero General Belgrano cuando éste navegaba fuera de la zona de exclusión demarcada unilateralmente por Londres. El submarino nuclear Conqueror, al mando del comandante Christopher Wreford-Brown le disparó tres torpedos Mark 8, causando 368 muertos entre los marinos argentinos.
El diputado laborista Tam Dalyell acusó en la Cámara de los Comunes a Thatcher de haber dado la orden de hundimiento del navío para liquidar la gestión del mandatario peruano. Según el legislador británico, el prestigio de la premier estaba muy decaído y ésta pensaba elevarlo -de cara a las elecciones de 1983- con una victoria en el Atlántico Sur. Simultáneamente, una potencia como la inglesa, venida a menos tras la Segunda Guerra Mundial, recuperaría en parte el prestigio de su raídos pergaminos. La Thatcher confirmó indirectamente esas acusaciones al prohibir la publicación del libro de navegacion del Conqueror, calificándolo de secreto.
La fuerza de tareas conducida por el almirante Woodward y el general Moore, fuertemente apoyada por la administración Reagan-Bush, comenzó formalmente sus operaciones promediando abril de 1982 con bombardeos aéreos sobre Puerto Argentino. Pero sin dudas que el jalón de inicio de su agresión fue el hundimiento del crucero Gral. Belgrano.
Con superioridad aéreo-naval en un teatro de guerra predominantemente de esas características, bloquearon las islas, afectando el abastecimiento desde el continente y bombardearon en forma sistemática diversas posiciones argentinas. Entre el 21 y el 28 de mayo se produjo una acción decisiva para el curso de la guerra: tropas de infantería y de paracaidistas británicas desembarcaron en la bahía de San Carlos, armando allí una fuerte cabeza de playa.
Pese a que ése era uno de los lugares más factibles para el desembarco, el mismo no estaba adecuadamente defendido por tropas argentinas. Tampoco se ordenó el traslado hacia allí de los efectivos del Regimiento de Infantería 12, ubicado en Darwin, ni se despacharon otros refuerzos por medio de helicópteros. En suma, no se repelió la cabeza de playa con suficiente poder de fuego. ¿Resultado? En pocos días de luchas los británicos fueron ocupando los cerros Dos Hermanas, Harriet, Longdon. Wireless Ridge, Tumbledown y Williams, cayendo luego como una tromba sobre Puerto Argentino.
En la capital isleña, el 14 de junio de 1982, el capitulador general Mario B. Menéndez -con experiencia sólo en la represión al pueblo de Tucumán y la guerrilla del PRT-ERP que operó en esa provincia en los ´70- se rindió incondicionalmente ante el general Moore.
La señora Thatcher tuvo el premio que buscaba. El 9 de junio del año siguiente, la victoria en la guerra del Atlántico Sur le permitió ganar con aumentada mayoría las elecciones generales. Como es sabido, ese fortalecimiento se puso al servicio de las políticas neoliberales o "thatcherianas" en el Reino Unido y el resto del mundo. El cierre de minas, los despidos de obreros allí y en los puertos, las podas a la seguridad social, el aumento del desempleo en general, la mantención de una política de ocupación militar y de "mano dura" en Irlanda del Norte, la reverdecida alianza con el imperialismo yanqui, etc, fueron algunas de sus consecuencias políticas.
Por su objetivo neocolonialista y por la naturaleza imperialista del Reino Unido, hay que reafirmar que el bloque thatcheriano expresaba al agresor y a una guerra injusta, de conquista. Lejos de defender "los derechos humanos", mandó su Armada hasta el confín del Atlántico Sur para reestablecer una posesión del tiempo de la piratería.
Aunque la premier quiso posar de "democrática" frente a los militares argentinos, Londres había vendido a partir de 1979 equipos militares a nuestro país por valor de 200 millones de libras esterlinas. Y el entonces ministro de Comercio, Cecil Parkinson, había visitado Buenos Aires en agosto de 1980, repartiendo generosos elogios sobre la dictadura del general Jorge R. Videla.
Fue el pueblo argentino, nuestro Partido y demás fuerzas antiimperialistas y revolucionarias, las heroicas Madres de Plaza de Mayo y otros organismos de derechos humanos, el sindicalismo combativo, la juventud, los sectores tercermundistas del clero, etc, los que habían enfrentado y seguirían enfrentando a la dictadura fascista. Esto fue así, al margen de la transitoria, amplia y heterogénea convergencia entre abril-junio de 1982 contra la acción colonial de la "pérfida Albion" en el Atlántico Sur.
3.- El Reino Unido fue apoyado por EE.UU. y el resto de la Otan
El 30 de abril de 1982, el secretario de estado norteamericano, general Alexander Haig, dio por terminada su "mediación" y dijo con todas las letras: "El Reino Unido es nuestro aliado más estrecho. El presidente Reagan también dispuso que Estados Unidos responderá positivamente a requerimientos de suministro de material para las fuerzas británicas".
Washington entregó a su "aliado más estrecho" aviones, misiles y valiosa información de la OTAN. Thatcher no se cansó de agradecer ese apoyo, declarando que "sin los Harrier, con su inmensa capacidad de maniobra, y equipados con la última versión de los misiles Sidewinder que nos proveyó el ministro de Defensa norteamericano Caspar Weimberger, no podríamos haber recuperado las Falkands (Malvinas)".
La isla de Ascensión, si bien es de propiedad británica, estaba arrendada a los norteamericanos, quienes la cedieron gustosamente para que la flota de Woodward recalara y se aprovisionara camino a las Malvinas. En Ascensión tenían su base cuatro aviones Nimrod de vigilancia, con equipos de alta frecuencia Marconi AD 470, similares a los que tenían instalados los portaaviones Hermes e Invincible, de la flota en operaciones. También en esa isla estaba ubicada la estación estadounidense de rastreo de satélites, llamada DSCS11, que "socializaba" la información con sus socios británicos.
Gracias a la ayuda norteamericana, la flota inglesa contó con los equipos de los aviones Nimrod y los mencionados portaaviones, uno de los cuales -el Invincible- era el buque insignia de la fuerza antisubmarina de la OTAN. Sus transmisores permitían captar todo el tráfico de señales soviéticas, aún a grandes distancias, y mejor aún las cercanas comunicaciones argentinas.
Los datos tomados por los aviones y barcos ingleses eran transmitidos al centro de comunicaciones de Cheltenham, donde funcionaba la red mundial de inteligencia de señales denominada SIGINT. A su vez la SIGINT actuaba en combinación con su colega, la norteamericana Agencia Nacional de Seguridad (National Security Agency, NSA) con cuartel en Fort George Meade, Maryland.
La colaboración yanqui no sólo respondía a su tradicional alianza con Londres, sino que tenía en miras la defensa de sus propios intereses estratégicos en la región del Atlántico Sur. Desde la Guerra Fría propiciaba allí una especie de OTAS como réplica caricaturesca de la OTAN, según documentos secretos de 1952 desclasificados en 1988.
Gran Bretaña tuvo otros aliados en esta guerra. El presidente "socialista" francés de entonces, Francois Mitterrand, se negó a entregar a Argentina más misiles Exocet y aviones Super Etendard que el país había adquirido con anterioridad a los fabricantes galos. "El ministro de Asuntos Exteriores del gobierno socialista francés, Claude Cheysson, demandó el retiro de las tropas argentinas de las islas Malvinas en el transcurso de un mensaje ante la Asamblea Nacional y además se conoció el anuncio de la decisión del presidente Mitterrand de suspender la entrega de materiales de guerra a la Argentina -entre las armas que embargó figuraban varios aviones y piezas de repuesto para misiles antiaéreos- en respuesta a las solicitudes de Londres" ("La trama secreta de Malvinas", pág. 147, Cardoso-Kirschbaum-Van der Kooy).
Efectivamente, la negativa a suministrar esas armas se debió a un pedido de Londres, alarmada por la eficaz combinación del Super Etendard y misiles Exocet, que habían hundido la fragata Sheffield el 4 de mayo de 1982, causando 21 muertos.
Y no hay que olvidar tampoco el nefasto rol del Vaticano. Juan Pablo II llegó a Buenos Aires 48 horas antes de la rendición de Puerto Argentino para insuflar resignación en los ánimos de católicos y no católicos. El polaco Karol Wojtyla vino a preparar el terreno para la capitulación argentina.
Otros que ayudaron a Thatcher fueron los militares pinochetistas de Chile, proveyéndole información al instante cada vez que salían aviones argentinos desde bases en el sur del país. En su reciente apelación al primer ministro Tony Blair a favor de la libertad del detenido ex dictador Augusto Pinochet, la ex primera ministra argumentó que éste era un "gran amigo" del Reino Unido y que durante la guerra había colaborado para salvar "muchas vidas británicas".
4.- Los agresores pagaron un alto costo
Pese a la línea conciliadora y de defensa estática que primó desde el principio en la conducción militar argentina, que partía del falso supuesto de que Londres no guerrearía por Malvinas, la flota inglesa sufrió numerosas pérdidas a lo largo de la guerra.
Un duro impacto al prestigio de la fuerza de la corona fue el mencionado hundimiento del Sheffield. Después otros barcos como el Atlantic Conveyor, Sir Galahad, Coventry, Ardent y Antelope, también fueron hundidos, y sufrieron daños el Glasgow, Brilliant, Antrim, Broadsword, Glamorgan, Argonaut, Sir Tristam, Sir Percival, el British Wye, etc.
Según fuentes británicas, sus muertos fueron 255 y sus heridos 777, con un costo de 1.5 mil millones de dólares en materiales perdidos durante la contienda.
Esas bajas no sólo se produjeron a bordo de los navíos impactados, sino también entre las tropas desembarcadas en San Carlos, en mayo, y en la disputa por las alturas de Longdon, Tumbledown y William, en junio. En estos enfrentamientos, los paracaidistas e infantes británicos también tuvieron sus muertos por la acción de la artillería argentina y algunos batallones que resistieron. Entre las unidades que más pelearon estuvieron el Batallón de Infantería de Marina 5, el Regimiento de Infantería Mecanizada 7 y algunas fracciones del Regimiento de Infantería 12 y el Regimiento de Infantería 4. Como admitió el general de brigada Anthony Wilson, de la 5ta. Brigada de Infantería Británica, "hemos perdido muchísimos hombres".
Pero, tanto o más importante que esas pérdidas en efectivos y equipos, fue el costo político que pagaron el imperialismo británico y su socio norteamericano: mostraron su verdadero rostro ante los ojos de los pueblos del mundo.
En el caso concreto de Argentina, cuya dictadura militar presumía ser "occidental y cristiana", las amplias masas populares aprendieron en carne propia que los yanquis se habían juntado con los agresores ingleses para matar soldados argentinos. Dicho sea de paso, se confirmó ampliamente que el enemigo principal de nuestro pueblo y otros pueblos del Tercer Mundo era el imperialismo, encabezado por el imperialismo yanqui.
Las teorías de que "el socialimperialismo ruso" dominaba la Argentina y que era la superpotencia dominante a escala mundial, tal como sostenían el PCR y sus aliados de la derecha peronista, quedaron en ridículo. Por otro lado, también sostenían una posición similar los generales Ramón Camps y Luciano Benjamín Menéndez , del sector más recalcitrante de la dictadura militar.
Se supo que el imperialismo, presentado como "democrático", era una máquina de guerra en contra de las naciones del Tercer Mundo, capaz de movilizar a batallones de mercenarios gurkhas nepaleses con tal de recuperar su dominio sobre las islas.
Se apreció que los verdaderos aliados de Argentina eran los pueblos latinoamericanos y de otros continentes, incluidas naciones como Libia, Cuba y demás países socialistas, pintados antes como demonios por la dictadura y que durante el conflicto nos ofrecieron ayuda.
Se vio que los militares argentinos se habían educado para otro tipo de guerras, "antiinsurgentes", en la norteamericana "Escuela de las Américas", y eran inservibles a la hora de un enfrentamiento con un ejército moderno.
Se confirmó que los operativos navales "Unitas" con la marina yanqui, en realidad habían servido para que ésta acumulara información sobre la Armada argentina y se la pasara completa a los ingleses, quienes la utilizaron durante la confrontación.
Washington se reveló como traidora, lo mismo que el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR, 1948), que supuestamente obligaba a la defensa común de un país americano en caso de ser atacado por una potencia extracontinental. Es que había sido pensado para "salvar" a algún socio americano de las "garras" soviéticas, pero no para defender a Argentina de una expedición punitiva de Londres y la OTAN.
5.- Los generales argentinos fueron capituladores
La Junta Militar (Galtieri, Anaya y Lami Dozo), y muy especialmente la cúpula asignada al teatro de operaciones Malvinas, comenzando por su responsable máximo (general Menéndez), no habían hecho planes serios para afrontar un choque armado con la segunda potencia mundial ayudada por la primera, EE.UU. Su apuesta fue a que la Casa Blanca "le sacara las castañas del fuego", como forma de retribuir la ayuda que la dictadura brindaba a los "contras" antisandinistas entrenados en Honduras y otras tareas sucias en Centroamérica.
Al momento de rendirse, los generales argentinos entregaron la plaza de Puerto Argentino con 8.351 prisioneros, a los que deben añadirse los rendidos en Fox y Howard, así como en Darwin y Goose Green, lo que redondeó un total de 11.337. Semejante número de efectivos, más las toneladas de armas y equipos con que contaban, daban una buena base material para haber ofrecido una resistencia mucho más efectiva. Como señaló posteriormente el general Barahona, director del Instituto Español de Estudios Estratégicos, "con 10.000 hombres dispuestos a defenderse, entrenados, bien dotados, ninguna fuerza aeronaval hubiera podido invadir las Malvinas". Por aquel mes de junio de 1982, los combatientes de la Organización para la Liberación de Palestina resistían exitosamente el cerco del ejército israelita en Beirut. La relación de fuerzas era desfavorable 6 a 1 para los hombres de Yasser Arafat, quien sobre la base de su combate pudo preservar el núcleo de su ejército, trasladado por barco a Túnez.
¿Qué se confabuló para que la invasión inglesa fuera un éxito?.
La principal limitación fue político-ideológica. La conducción de la Junta Militar fue siempre oligárquica y proimperialista, que sólo por el concurso de determinadas circunstancias llegó al enfrentamiento con quienes consideró fuerzas amigas: el imperialismo anglo-estadounidense. Por eso no quisieron abrir un "segundo frente" en la Argentina continental, como podría haber sido la confiscación de los bancos, bienes y estancias británicas.
Es más, durante el pico del conflicto armado, el ministro de Economía Roberto Alemann concibió la privatización del grueso de las empresas públicas (designio proimperialista que muchos años después cumpliría el peronista Carlos Menem).
Los militares argentinos estaban educados para la represión al pueblo. Eran hábiles para el secuestro nocturno de militantes populares, para torturar a jóvenes y mujeres embarazadas en los centros clandestinos de exterminio, para apropiarse de bebés hijos de las desaparecidas, pero no para enfrentarse a un ejército profesional como el británico.
En un recordado reportaje (agosto de 1982) concedido a la periodista Oriana Falacci, el general Galtieri admitió que no tenía ninguna formación para una guerra en escenario aeronaval.
La conducción de los "mariscales de la derrota" se expresó en falta de planeamiento, de coordinación y adopción de recaudos básicos para llevar adelante la guerra.
La "Comisión Rattembach" que investigó la guerra del lado argentino produjo un informe crítico a la Junta Militar (cuyos tres integrantes fueron condenados a 12 años de cárcel y luego indultados en 1989 por Menem). En uno de los párrafos, sostuvo: "c. Con respecto a la defensa inicial de la zona recuperada, no existió un planeamiento previo, ya que no estaba contemplada la reacción británica, y se estimaba que la operación estaría concluida el día "D más 5" con la evacuación de la fuerza de desembarco" (Suplemento especial diario La Voz del mundo, 24/8/83).
Durante el juicio a los responsables de la guerra de Malvinas se acusó al general Menéndez de aferrarse a una defensa pasiva y estática, que se atornilló a la capital de las islas mientras los británicos desembarcaban en San Carlos, armaban más o menos tranquilamente su cabeza de playa y preparaban su asalto final.
Según John Elliot, profesor del Instituto de Estudios Estratégicos de Londres, Menéndez actuó "como en la Edad Media, cuando se fortalecían sólo los castillos y se descuidaban otros puntos del territorio".
Mientras los invasores armaban la cabeza de playa en San Carlos, el general Fernández Torres se rehusó a saltar con los paracaidistas de la 4° Brigada Aerotransportada, del mismo modo que el general Omar Parada, jefe de la 3° Brigada no aceptó instalarse en Darwin-Goose Green antes del enfrentamiento con las tropas del general Thompson, argumentando "el mal tiempo reinante".
Con posterioridad a la guerra, el general Jeremy Moore declaró a la revista argentina "Somos", que el primer error de sus adversarios había sido "no haber ocupado la playa de San Carlos. Cuanto más pienso en ello, más me doy cuenta que la única playa por la que hubiéramos podido desembarcar era San Carlos".
Las tropas argentinas más experimentadas en terrenos de montaña y climas más fríos, según el reaccionario general Rodolfo Mugica, no fueron enviadas a las islas por "temor" a un ataque chileno. En su reemplazo fueron numerosos conscriptos con una formación militar de sólo dos meses o tropas del Regimiento de Infantería 5, radicado en la provincia de Corrientes, de clima cálido.
No se trata de echar la culpa a los soldados bisoños, que en muchos casos pelearon mejor que los oficiales. Reiteramos que la principal responsabilidad estuvo ubicada al tope de la línea de mandos. Incluso cuando éstos designaron oficiales para determinadas tareas de responsabilidad, pusieron a torturadores de monjas y militantes políticos, como el tristemente célebre teniente Alfredo Astiz que se rindió en Gritviken, Georgias del Sur, sin tirar ni un tiro.
La Armada conducida por el almirante Isaac Anaya, uno de los comandantes más entusiasmados en realizar el desembarco en Malvinas, luego del hundimiento del crucero Gral.Belgrano se quedó prácticamente en puerto y no jugó ningún papel positivo en las acciones. Las excepciones fueron los aviadores navales que atacaron barcos como el Sheffield y los infantes del Batallón de Marina 5, que defendieron el monte Tumbledown.
En el curso del juicio a los cabecillas de Malvinas se confirmó que -pese al tiempo transcurrido a partir del 2 de abril- no se habían llevado a las islas los cañones de 155 mm, necesarios para alcanzar blancos ubicados hasta 20 kilómetros de distancia. Dos cañones llegaron a fines de mayo, pero había solamente 40 proyectiles para ambos; y otros dos cañones recién arribaron el 12 de junio, 48 horas antes de la rendición. Por su ausencia, los barcos ingleses pudieron sacudir nuestras posiciones a voluntad, ya que los disparos de los cañones argentinos de 105 mm no les daban alcance.
Aunque el general Menéndez y la Junta Militar argumentaron que no tenían equipos suficientes, por ejemplo para el combate nocturno, la verdad es que los hubo y buenos. Pero quedaron embalados en sus respectivas cajas, sin ser abiertos ni utilizados.
Los soldados no tenían ropa ni comida apropiados, las que -en cambio- sobraban en las barracas de los jefes y altos oficiales. Aquellas carencias no se justificaban ya que se habían afectado a la guerra muchos recursos del Estado y existieron grandes contribuciones recaudadas entre la población mediante el "Fondo Patriótico". La corrupción hizo de las suyas con esta recaudación, según denuncias generalizadas.
Incluso se conocieron casos de soldados argentinos estaqueados por sus propios oficiales, en medio de gélidas temperaturas. El jefe inglés Moore se puso la careta de "humanitario" al comentar que los militares argentinos trataban a sus soldados "como animales, sin la menor consideración". Como si sus paracaidistas, infantes y gurkhas la hubieran tenido. Hay que recordar que, además de los fusilamientos de prisioneros, los vencedores hicieron que los conscriptos argentinos transportaran municiones y desactivaran minas, algo prohibido por las convenciones de Ginebra.
6.- La usurpación continúa
En pocos meses más se cumplirán 17 años de la reocupación de Malvinas y Georgias del Sur. O -si se prefiere- ya se han cumplido 166 años desde el despojo cometido por la tripulación de la fragata Clío.
Y no hay vistas de que el Reino Unido se avenga a negociar una restitución, ni siquiera a un determinado plazo, por extenso que sea, como operó con la República Popular China respecto al enclave de Hong Kong. El anterior primer ministro conservador John Major y el actual, el laborista Tony Blair, han ratificado que "la soberanía británica no se discute".
Evidentemente el gobierno británico está "en ganador" como consecuencia de las nefastas políticas desmalvinizadoras que primaron en Argentina, comenzando por la dictadura militar desde el mismo día de la rendición, siguiendo -con matices- por la administración de Raúl Alfonsín y desembocando en la abierta traición de Carlos Menem.
Este último decidió en febrero de 1990 reanudar las relaciones diplomáticas con el Reino Unido, al cabo de las negociaciones de Madrid, adoptando la fórmula del "paragüas", o sea, sin discutir la cuestión de soberanía. Hasta hoy se mantiene en esa tesitura, para beneplácito del Foreing Office.
El presidente Menem viajó a Londres a fines de octubre de 1998 y no discutió con Blair ni con la reina Isabel II el asunto de la soberanía. Su viaje, entreguista al máximo, se centró en propagandizar el modelo neoliberal y privatizador vigente en la Argentina, y en tratar de captar inversiones británicas sobre esa base. Los banqueros del HSBC, el Lloyd´s y el Midland, más los ejecutivos de British Gas, British-American Tobacco, Eagle Star, laboratorios Glaxxo y otros inversionistas con intereses en nuestro país, lo aplaudieron complacidos por tanto cipayismo.
De fracaso en fracaso en la cuestión Malvinas, en enero de 1999 el gobierno menemista presentó a los kelpers, extraoficialmente, la oferta de congelar por 20 años los reclamos de soberanía. Se trata de una iniciativa capituladora al extremo. El gobernador de las islas, Richard Ralph, pidió que fuera formalizada oficialmente ante el gobierno británico, para luego ser considerada.
Coherente con esta línea de claudicación, Menem solicitó en dos oportunidades la mediación de Bill Clinton: la primera vez al concluir la I Cumbre de las Américas en diciembre de 1994, y la segunda al entrevistarse con el mandatario norteamericano en enero de 1999. El resultado, como era previsible, fue nulo y decepcionante.
Los británicos han fortificado Malvinas para hacer de ésta una ciudadela inexpugnable a un eventual ataque argentino. En Mount Pleasant construyeron un nuevo aeropuerto y otras instalaciones militares, a un costo aproximado de 750 millones de dólares. En lugar de los 68 infantes que defendían al gobernador de entonces, Rex Hunt, ahora hay acantonados 2.500 efectivos, lo que supone para el Reino Unido un costo de mantenimiento de alrededor de 100 millones de dólares anuales.
Modernizaron la base naval de Mare Harbour y a diferencia de antes, cuando estaba allí sólo la vieja patrullera Endurance, en la actualidad cuentan con dos barcos nuevos, entre ellos la patrullera HMS Dumbarton Castle, radares y más aviones. En enero del año pasado, el comandante de las fuerzas inglesas en las islas, brigadier Ian Campbell, informó sobre la adquisición de un lote de aviones Tornado y un radar valuado en 50 millones de libras esterlinas. Aseveró que con esos materiales "mejorará la capacidad de la defensa aérea de Malvinas para los próximos 15 años". En sus declaraciones reveló que uno de los aspectos de esa plaza que hoy más tiene en cuenta su país es que "servía como un valioso lugar de entrenamiento para las tropas británicas".
Exactamente un año antes, el entonces ministro británico de Defensa, Michael Portillo, visitó las islas e hizo declaraciones muy enfáticas sobre que Londres no piensa entregarlas. "El gobierno está empeñado en defender las islas y mantener su seguridad. No hay cláusula, excepción o limitación de tiempo en ese compromiso", afirmó Portillo, concluyendo que "el Reino Unido siempre ha dejado claro que la soberanía no sólo no se comparte ni se entrega, sino que tampoco se discute" (diario "La Voz del Interior", 3/1/97).
Posteriormente el brigadier Campbell fue suplantado por el brigadier David Nicholls.
El general Charles Guthrie, jefe del Estado Mayor de la Defensa de Gran Bretaña estuvo de visita en Buenos Aires a principios de noviembre de 1998. Dijo al periodismo que "no hay ninguna intención de reducir la guarnición británica en Malvinas; las islas seguirán armadas".
Vista la obstinación británica estamos como en 1965, cuando la ONU exhortaba a ambas partes a lograr una solución pacífica al diferendo. En realidad estamos peor, porque el gobierno antipopular y antinacional de Menem dispuso en 1989 retirar el tema Malvinas de la agenda de la Asamblea General de las Naciones Unidas, que venía considerándolo. Fue borrado de allí, el máximo escenario de la ONU, para limitarlo al Comité de Descolonización, una instancia de menor nivel.
Queda en claro entonces que han fracasado todos los intentos de conseguir la clemencia británica mediante el remanido recurso de arrodillarse ante los reyes del palacio de Buckingham y los primeros ministros del edificio del 10 de Downing Street.
7.- Línea para recuperar las Malvinas
En abril de 1982, producida la recuperación de Malvinas, el Partido de la Liberación estimó que la contradicción fundamental de esa etapa política (pueblo versus dictadura militar) había transitoriamente dejado su lugar a la que oponía a la Nación contra el Imperialismo. El mismo 2 de abril sacó una declaración pública y un volante titulado "Las Malvinas son argentinas, y la Argentina es de su pueblo".
El título dejaba claro que a partir de ese momento el enfrentamiento directo principal era con la fuerza de tareas británica pero que no se regalaba la causa a la dictadura militar porque "Argentina es del pueblo".
En esa correcta toma de posición, el PL sostuvo que "la defensa de la soberanía requiere unidad nacional, y la unidad nacional necesita que cesen los atropellos represivos contra los trabajadores, los estudiantes y todo el pueblo; que se levante el estado de sitio; que se liberen los presos políticos; que aparezcan con vida los detenidos-desaparecidos".
En esa coyuntura la dictadura tuvo que aflojar momentáneamente la represión interna, lo que fue aprovechado por nuestro Partido y otras corrientes populares para levantar cabeza, participar de movilizaciones de masas, intensificar su propaganda, aprovechar resquicios de legalidad, etc.
En síntesis, desde ese punto de vista la contienda de Malvinas favoreció que las fuerzas casi exterminadas de la resistencia popular antidictatorial mostraran en la calle que aún existían y mantenían una postura antiimperialista invariable. En todo caso, los que habían cambiado de blanco, por poco tiempo, eran los militares argentinos admiradores de la OTAN.
El 2 de junio de 1982 el Partido de la Liberación distribuyó en varias ciudades un volante donde se reclamaba la apertura de "un segundo frente" en la Argentina continental, para ganar la guerra, mientras se luchaba en el archipiélago.
Allí se proponían cuatro medidas inmediatas que aún hoy tienen vigencia en un marco de confrontación con el bando anglo-norteamericano: "a) confiscación de las filiales del capital monopolista inglés en el país; b) dar por cancelada la deuda externa con bancos y empresas de ese país; c) intervenir las empresas de capital norteamericano como primera medida cautelar; d) suspender todos los pagos a bancos y empresas estadounidenses".
El 14 de junio, al conocerse la rendición del general Menéndez en Puerto Argentino, el pueblo se dio cita en Plaza de Mayo frente a la Casa de Gobierno para repudiar la capitulación, siendo reprimido por la Policía Federal.
El PL estuvo presente en esa movilización y desde ese mismo día condenó las políticas de desmalvinización y "arrepentimiento" que impulsaban el general Reynaldo Bignone (nuevo dictador que reemplazó a Galtieri), la recompuesta Junta Militar, la embajada norteamericana y políticos como Raúl Alfonsín, Arturo Frondizi, Alvaro Alsogaray, etc.
Desde entonces hasta hoy, nuestra línea política sobre la cuestión Malvinas ha sido clara y precisa:
-No nos arrepentimos de haber apoyado la recuperación de las islas porque todo el pueblo argentino las considera parte del patrimonio nacional ocupado por una potencia neocolonialista, secundada por la superpotencia y un bloque agresivo como la OTAN.
-No renunciamos a una nueva recuperación por la vía militar en el futuro, en caso que -como hasta ahora se viene demostrando- el Reino Unido se obstine en no negociar pacíficamente el reintegro de Malvinas a Argentina, tal como estipuló la resolución 2065 de la XX Asamblea General de la ONU. El recurso de la fuerza no puede ser excluido en este tipo de situaciones coloniales por parte de los países oprimidos y del Tercer Mundo frente a potencias imperialistas y sus ejércitos de ocupación.
-Mientras tanto, consideramos que en lo inmediato se deberían confiscar los bienes de capitalistas y banqueros británicos en nuestro país. A saber, Hong Kong Shanghai Banking Corp (HSBC) que se apropió del banco Roberts y el grupo Alpargatas; Lloyd´s Bank; compañía de seguros Eagle Star; British American Tobacco, dueña de la tabacalera Nobleza Piccardo, que en 1997 facturó u$s 879 millones; laboratorios Glaxxo, inagurado por el príncipe Andrés en Munro, provincia de Buenos Aires; la fabricante de productos de limpieza Unilever; Shell, compañía anglo-holandesa de petróleo; la petroquímica Duperial-ICI; British Gas, controlante de la distribuidora metropolitana y bonaerense Metro-gas; y los establecimientos agropecuarios de capitales ingleses en la Patagonia (provincias de Chubut, Río Negro y Neuquén), entre otros.
-Con el mismo sentido, hemos propuesto que se deje de pagar la deuda externa al imperialismo en general y al británico en particular, por su continuada ocupación de nuestras islas del Atlántico Sur (no sólo usurpa Malvinas sino también las Georgias del Sur).
-En lo inmediato, Argentina debe reinstalar la cuestión Malvinas en el seno de la Asamblea General de las Naciones Unidas y regresar al Movimiento de Países No Alineados, al que abandonó por decisión de Carlos Menem, para presionar con más energía en lo político- diplomático hasta agotar esa instancia.
Que en 1982 la bandera argentina flameara por 72 días en Puerto Argentino al cabo de un operativo llevado a cabo por la dictadura militar, fue un acontecimiento extraño. Por la condición oligárquico-proimperialista de ese régimen, la intención no prosperó. La recuperación definitiva de Malvinas sólo puede venir de la mano de un gobierno popular revolucionario dirigido por la clase obrera. Y, coherentemente, con nuevas Fuerzas Armadas del pueblo y al servicio de la liberación nacional y social, en reemplazo de las actuales que hicieron desaparecer a 30.000 militantes populares y se rindieron sin mayor resistencia en las Malvinas.
Por eso las Malvinas no son un punto aislado de la agenda política de los marxista-leninistas de Argentina. Son parte del programa de la revolución nacional, democrática y popular en esta etapa de su desarrollo. No se trata sólo de hacer reclamos por Malvinas, como hace el nacionalismo oligárquico y las corrientes fascistoides de las Fuerzas Armadas (en su momento los "carapintadas" del ex teniente coronel Aldo Rico y el coronel Mohamed Alí Seineldín). La solución del problema Malvinas tiene que estar inscripta en la lucha popular contra los monopolios nacionales y extranjeros, el imperialismo anglo-estadounidense y los gobiernos locales que aplican recetas de hambre y represión.
En la lucha por los derechos argentinos en las islas del Atlántico Sur será importante volver a contar con la solidaridad de los pueblos del Tercer Mundo y sus fuerzas revolucionarias, como ocurrió en 1982. Pero también de los trabajadores europeos y las organizaciones políticas de izquierda del Reino Unido, el resto de la Unión Europea y otros países del mundo.
En el combate común contra el imperialismo y en especial la OTAN, al cumplirse 50 años de su creación, es importante que todos los sectores comunistas, antiimperialistas y progresistas que luchan en los países capitalistas desarrollados nos ayuden a sacudir el yugo británico de la "Fortaleza Malvinas", una rémora de colonialismo. Será una lección práctica de internacionalismo.
Y que nosotros, a la vez, seamos solidarios con sus demandas reivindicativas, democráticas y políticas; por el pleno empleo, contra la flexibilización laboral, por la defensa de las conquistas sociales, por el cese de la represión estatal y el neonazismo, por la revolución socialista en Europa. Esto también será internacionalismo.
Nuestra reivindicación de Malvinas no la hacemos desde el estrecho ángulo del nacionalismo burgués sino de un programa general antiimperialista y anticapitalista inspirado en el marxismo leninismo y su articulación con la realidad específica de la revolución en Argentina.
28/2/99
Sergio Ortiz, Secretario Gral. del Partido de la Liberación (PL) de Argentina
Anexo:
Empresas Britanicas a confiscar
COMPAÑIAS INGLESAS / RUBRO
Lloyds Bank Finanzas
HSBC-Roberts Finanzas
Roberts-Alpargatas Textil
British Gas Distribución
Metrogas de Gas
British Gas
Central Dock Sud Energía
Bacbook Energy Energía
National Transmisores
Grid Eléctricos
Imperial Chemical Pinturas
Glaxxo Laboratorios
Hospital Británico Salud
Northumbia-Therapia Salud
Eagle Star Seguros
BAT-Nobleza Piccardo Tabaco
Shell Petróleo
Unilever Limpieza
Schroeders Consultora
British Sudamericana Consultora
KPMG Consultora
Intertek Testing Comercio
Service (ITS) Internacional
Ladbrokes Group Casinos y
Hoteles Hilton
Reebock Zapatillas
Cadbury Alimentación
Allied Domecq-Balbi Bodegas Mendoza
Allied Domecq Exportación mostos
en San Juan
British Telecom 15% de IMPSA
Satelital
ADtranz y 11 Cías. Contratos Transporte
británicas Público Argentino
Estancias en la Patagonia
(aprox.500 mil has.) Agropecuarias
Fuente: Investigación y archivos de LIBERACION
(Publicado en Liberación n° 142, marzo de 1999)
Contribución para el 8. Seminario Comunista Internacional de Bruselas, 2-4 de mayo 1999.
Thema: El imperialismo es la guerra